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Los enigmas del maestro

Como ya sabéis muchos de vosotros, tengo la maravillosa suerte de vivir en una de las ciudades más movidas de todo el país, sin tener que ser por ello la más grande. Y con movida me refiero a que Salamanca es una localidad llena de oportunidades día tras día. Ayer esa oportunidad fue la de conocer la obra de Christian Gálvez cara a cara, tal y como él lo ha titulado. Ello me recuerda a mi último y primer encuentro literario el año pasado con mi queridísimo Arturo Pérez-Reverte, una de las mejores experiencias que he podido vivir hasta ahora, y no solo en términos literarios, sino políticos, quizá, hasta de algún modo y sin miedo a admitirlo, morales. 

Personalmente, no sabía nada del interés de Christian —para nada limitado— por lo relacionado con la Historia del Arte. Desconocía cualquier cosa que fuera más allá de la horrible programación de Mediaset (aunque su programa puede que se abstenga de mi disgusto), sobre todo si hablamos de un canal en concreto —sí, ya estoy saltando a la palestra con críticas demasiado atrevidas—, por lo que puede que al entrar en el teatro pecara de prejuicio. ¿Qué va a saber este presentador de tele sobre uno de los artistas más importantes de la historia? Todo fue hasta que vi el enorme tocho encima de la mesa. A lo mejor este hombre, tan desconocido aparentemente para mí, de verdad tenía algo que contar. Al final de la presentación: toma postjuicio.


Después de haberse adentrado en ámbito de ficción, esta vez Christian Gálvez presenta una auténtica obra de análisis exhaustivo cuya cuestión principal es, ¿y si el rostro que hoy conocemos como Leonardo, no fuera realmente él? Una de las primeras cosas que dijo en el encuentro fue que la figura de da Vinci esconde muchos menos enigmas de los que nos hacen creer, lo cual no pongo en duda, y es que el ser humano no es capaz sosegar su intelectual sin un puñado de turbias conspiraciones. 

Hoy día llamamos autorretrato de Leonardo da Vinci a un dibujo que apareció casi tres siglos después de que muriera el supuesto autor. No lo tacho de imposible, pero que el autor de la fotografía a ese dibujo pusiera "yo creo que ese es Leonardo" no me convence como teoría (que fuera romanticista tampoco, y que antes de que apareciera fuera representado de manera casi totalmente distinta, mucho menos). No hay pruebas de ningún tipo que demuestren que aquél era Leonardo, simplemente nos hemos autoconvencido durante otros dos siglos que así era, por mera especulación. Ahora viene un hombre de treinta y siete años, sin ninguna titulación en Historia del Arte, y te destroza la hipótesis. 

No diré más acerca del presunto rostro del genio renacentista, eso lo dejo en manos del escritor y su libro. Sin embargo, sí que os hablaré de esa presentación que acabó siendo una verdadera clase magistral sobre arte renacentista por la que ya podrían darme algún crédito. 

Christian Gálvez trata de desmontar, o quizá más bien objetivar, los mitos y enigmas que rodean al artista italiano. ¿Si de verdad era un antibelicista, por qué su ingeniería militar es tan reconocida? Además, lo que conocemos hoy como los inventos de da Vinci, no eran más que proyectos mejorados. ¿Era por ello menos genio? No lo creo. ¿Cuál era su orientación sexual? Una pregunta que no entiendo por qué se ha puesto tan de moda en ámbitos históricos. Nos encanta jugar con las teorías, pero lo que la verdad dice, lo que Leonardo dice, es que aborrecía el sexo, y todo a raíz de una falsa acusación por sodomía que lo mantuvo preso durante algunos meses. Tanto es así, que él mismo decía que si la humanidad dependiera de él, se extinguiría. ¿Eso lo convierte en homosexual? Pienso que no. ¿Y en heterosexual? Tampoco. 

Pero hablemos de la escritura especular que tanto caracteriza a nuestro polifacético artista. ¿Por qué nos hemos empeñado en pensar que Leonardo tenía esa extraña manía de escribir al revés porque quería esconder todo aquello cuanto contaba en sus tratados? Lo sentimos mucho, Dan Brown, esto quizá me duele más que a ti, pero si Leonardo hubiera querido esconder algo de la sociedad no creo que se lo hubiese brindado precisamente a la familia más poderosa de toda Italia, los Medici. Además, ¿es que nadie tenía un dichoso espejo en aquella época? ¿No podía ser tan solo que el genio era mayoritariamente zurdo y no le apetecía lo más mínimo emborronar sus escritos? Especulaciones y más especulaciones.

Lo más curioso es que no era el único en escribir así —principalmente porque esa costumbre puede ser bastante común en los primeros años de aprendizaje de la escritura, y puede llegar a prolongarse. Además, es todavía más usual en personas zurdas o ambidiestras, ejem, Leonardo. Esto no termina aquí, y es que sin tener que moverme de casa, puedo llegar a encontrar un ejemplar de la biblioteca de mi universidad en el que se ve perfectamente el uso de esta técnica. Así que siento decir que Leonardo no era el único que conocía este secretismo.



Esto es la captura cogida del libro de Christian, refiriéndose al Astronomicum Caesareum de Petrus Apianus y la aparición de escritura especular en el colofón de la obra.


Y esta es una captura de un archivo PDF que vosotros mismos podéis descargar en Google con tan solo buscar el nombre del libro y el autor, por si sois como yo y no os fiabais de él, o ni siquiera de mí.

He de añadir que esa escritura que todos nos parece tan enigmática no es nada complicada de reproducir, ya que hasta yo misma lo he intentado con una de las palabras más complicadas según las páginas que formulan este planteamiento.



No obstante, no pienso que la palabra adecuada sea desmontar, ni echar por tierra. Puede que desmitificar sí, pero tirar por la borda todo lo que conocíamos hasta ahora de Leonardo, permitidme dudarlo.

Christian Gálvez no deja de ser al fin y al cabo un filósofo a mi parecer —¿aficionado? Por supuesto—, experto en el Renacimiento, que en vez de preguntarse por nuestro origen y la causa de todo, se pregunta por qué cara tendría un hombre del siglo XV. Y digo filósofo porque, al menos hasta donde yo sé, no trata de enseñarnos la verdad única e imponernosla, sino que se pregunta por ella, duda de todo lo que conocemos, investiga, plantea todas las respuestas posibles y continúa preguntándose si habrá llegado a la correcta. Así deberíamos ser muchos a la hora de hablar sobre lo que creemos que sabemos, ya no solo a la hora de discutir sobre si un pintor era heterosexual u homosexual, o practicaba el celibato, sino a la hora de conocernos a nosotros mismos. ¿Qué sabemos? ¿Realmente lo que sabemos es del todo cierto? ¿Y si no es así, por qué estamos empeñados en afirmarlo? 

Así que, querido Christian, ayer desmontaste todas y cada una de mis teorías. Sin embargo, he de agradecértelo llanamente, ya que has provocado en mí el renacer de las dudas —quizá nunca mejor dicho— y has sembrado otras que jamás me había planteado. Así que buen trabajo, maestro, porque esa es la base de cualquier aprendizaje.

Los detallistas frente a los fatalistas

Vuelve a parecer que hace siglos que no escribo, pero entre una cosa y otra no encuentro ni tema ni tiempo. Así que he decidido hablar sobre algo a simple vista insignificante, sin guion ni esquemas.

Siempre me ha encantado celebrar mi cumpleaños, y creo que puedo decir con toda sinceridad que los regalos nunca han tenido un papel esencial durante ese día. Si todos los años he sentido cierto entusiasmo hacia esa fecha es porque ello significaba una mera excusa para reunir a toda la gente que me importa. Si decides quedar para comer un sábado todo el mundo tiene planes, sin embargo, si dices que es tu cumpleaños no suele faltar casi nadie. No sé si tomármelo a hipocresía o a extrema necesidad de hacer lo que se considera políticamente correcto, pero el caso es que a la gente no le importa cancelar todos sus planes ese día e ir a comer contigo, aunque eso signifique hacerse trescientos kilómetros ida y trescientos más de vuelta. Eso, hipócrita o no, es ser detallista. Y creedme, yo soy gran amante apasionada de los detalles. O más bien suelo odiar rápidamente a quien no los tiene (en un alma joven cabe demasiado, sobre todo si implica la palabra odio, por desgracia). 

No obstante, este año ha sido diferente, no sé cómo no me lo veía venir. Este veinte de mayo era imposible reunir a nadie, y no porque la gente haya dejado de tener detalles (que también), sino porque ni yo podía cancelarlos por mi cumpleaños. Quizá ha sido por eso por lo que me pasé el día lloriqueando como una tonta, porque me vi sola en un día que, ya después de ibuprofeno, entendí que debería ser como otro cualquiera. Nací ese día, ¿y qué? He aprendido que cuanto menos esperemos de las cosas (por no señalar con dedo punzante), mejor nos irá todo. Creo que este pasado sábado, hubiese llamado quien hubiese llamado, habría esperado más, porque no había excusa para reunirnos, y era eso el pequeño pedacito restante que hacía que todo pareciera estar mal. Todos estamos desperdigados en un país de más de quinientos cinco mil kilómetros cuadrados trabajando en lo nuestro, y hemos de asumirlo, la mayoría, por no decir todos, vamos por caminos completamente distintos. Es ley de vida.

Por cierto, también es ley de vida y demostrado que las madres (la mía al menos es mi mayor aliada) nunca fallan. 

Esta era mi visión fatalista del todo, porque ya os he dicho que en alma verde todo cabe, y la mía está llena de románticos pesimistas, no importa de qué siglo. Que si Manrique, que si Ruskin, que si Schopenhauer, que si Friedrich... De vez en cuando se amotinan en mi contra y consiguen tener bastante influencia. El problema que tenemos cuando nos ponemos en modo nihilista es que no vemos más allá de lo que nos interesa, y en ese momento al cerebro lo único que le apetece ver es cómo todo está predestinado a hundirse en la mierda. Así. Sacamos el filtro oscuro y echamos al lado las cosas buenas, que también abundan. Yo tardé dos días en darme cuenta de eso, y dos días dan para mucho.

Puede que todo el que antes conocía ahora viva al menos a trescientos kilómetros de distancia, que a muchos nos haya sido imposible vernos la cara al menos una vez al año, tan imposible que hasta se les ha olvidado que el pasado sábado solíamos tener una excusa para reunirnos para comer galletas caseras, pero eso no significa que estoy sola ni mucho menos. Porque lo cierto es que, puede que me falte alguna que otra personita alrededor, pero no podía estar mejor acompañada. Así me lo han demostrado este cumpleaños. Un saludo a la universidad y su calendario, que no nos impide irnos de cañas si la dicha es buena.

Vuelvo a las personas detallistas, que por ahí van los tiros. Hoy día escasean, o al menos yo no me he topado con muchas. Sin embargo, cuando lo hago da gusto. Los detalles son pequeños, pero de enorme significado, cuesta mucho encontrarlos y nada compartirlos. Pero ahí estamos, escatimando, y eso (con perdón y sin él) me da por culo, porque parece ser que nos quejamos mucho de crisis económicas y no nos damos cuenta del enorme declive social que estamos causando. 

En los cumpleaños, supongo, toca ser detallista.

♥ Regalazo de mis compis ♥

Blitzkrieg, la guerra relámpago. Un enorme libro de tapa dura con cantidad de documentos originales pertenecientes a la segunda guerra mundial. Desde billetes pertenecientes a la época de inflación alemana tras la gran guerra, hasta diarios que cuentan la experiencia durante la evacuación de Dunkerque o las anotaciones de Churchill para su famoso discurso de julio de 1940. Resumiendo, una jodida pasada. Algo que jamás te comprarías, pero te quedarías horas mirando en un escaparate. Esto es ser detallista. No es cuestión de materializar las cosas, porque no va de eso, pero podría no haber sido este libro. Podría haber sido algo de maquillaje, una camiseta que no llegaría a ponerme nunca, algún accesorio barato. Sin embargo, este fue uno de los mejores regalos que me han hecho por mi cumpleaños (por no decir el que más, ea, dicho). Y veréis, no es solo un libro que habrá costado con casi completa seguridad un ojo de la cara; es un "te escucho cuando hablas", un "te conozco", un "me acuerdo de ti". En eso consisten los detalles.

En definitiva, un guantazo en la cara a tiempo para que me deje de pensar tonterías.

Hablando de detalles, ¿he dicho ya que soy su gran amante apasionada? Por eso tenía que añadir uno a mi cuerpo, algo que estuviera conmigo de por vida.

♥ Regalito de mi madre ♥

Y es que como el buen Joël Dicker, joven escritor suizo, dice: No debemos ser fatalistas, debemos escribir.
 
Vuelve a parecer que hace siglos que no escribo, pero a partir de ahora ya no tengo excusa, porque a partir de ahora lo llevo en la piel.

Grand battement, plié, passé y attitude

Después de un año entero librándome de la odiosa Educación Física llegué a la conclusión de que quizá el ejercicio no estaba tan de sobra. Aun contando con dos horas de sufrimiento a la semana, mi cuerpo no parecía estar por la labor: ni tonificaba ni adelgazaba (cosa que tampoco necesitaba), no ampliaba mis capacidades, seguía asfixiándome con tan solo un minuto a trote, y por si no fuera lo bastante horrible, sudaba. Todos mis compañeros adoraban esa asignatura, mientras yo prefería atarme una soga al cuello cada vez que me tocaba ponerme las deportivas. Un bicho raro y sedentario. No es que fuera vaga, sino que veía que torturar mi cuerpo durante horas no surgía ningún efecto. No notaba ningún cambio, por lo que lo veía inútil.

Dicen que más vale tarde que nunca, y que nunca es tarde si la dicha es buena. El caso es que a lo largo de todo este año de vacaciones antideportivas sí que he visto algo de cambio: carnes más fofas, agujetas sin apenas esfuerzo, me asfixiaba mucho antes... También dicen que año nuevo, vida nueva. Eso me llevó a pensar que quizá si que necesitaba tomarme en serio el hacer algo de ejercicio, que además me distraería de las clases y me apartaría de la pantalla del ordenador al menos un rato.

Es cierto que nunca he sido muy amiga de los gimnasios. Pagas todo el mes, te dan mil cosas para poder hacer, ninguna te llena y acabas sin ir a pesar de tenerlo frente al portal de tu casa. Yo quería algo distinto, no sabía el qué, pero no estaba dispuesta a volver a un gimnasio, esta vez no caería en la trampa.

Un día al salir de clase se nos acercó una chica que repartía folletos. Al vivir en una ciudad turística estoy más que acostumbrada a cogerlos, guardarlos en el bolsillo y tirarlos al llegar a casa; si ese día me siento amable como para siquiera cogerlo. La chica insistió, hablándonos de su trabajo: una escuela de baile y artes escénicas. En seguida mi moral se hundió, apenas unos milímetros, pero deseé no haberme sentido amable esa mañana. Bailar, algo que siempre había querido hacer pero nunca me había atrevido. Algo para lo que, completamente segura, era demasiado mayor. Sí, yo, con dieciocho años, mayor.

El caso es que me entró la curiosidad y miré la página web. Todo parecía tan idílico... Todo tipo de disciplinas en danza, teatro, instrumentos, profesores profesionales, un edificio entero para la escuela, salón de actos. Un sueño. "¿Dónde vas tú, criatura? Una escuela de baile..."

Entonces lo vi. Danza clásica... (Cuántas veces había deseado yo que mis padres me apuntasen desde pequeña a esas cosas) ...para adultos. Espera, ¿¡qué!? ¿Para adultos? ¿Danza clásica para gente sin un centímetro de flexibilidad, patosa y atrofiada? Creo que esa soy yo.

La escuela además se encontraba en jornada de puertas abiertas, por lo que me lancé de cabeza a enviarles un mensaje preguntándoles si podía probar una de sus clases. Tuve respuesta en menos de un cuarto de hora, así que todo parecía empujarme a ello. Ese mismo día estaba corriendo a la tienda más cercana para comprarme los leggings que no tenía desde hacía años, porque en unas horas tendría mi primera clase oficial de ballet.

Llegué a la escuela una hora antes.





He de decir que no fue tan perfecto como imaginaba. Me perdía una y otra vez, no entendía las terminologías, me notaba rígida, y mientras mis compañeros ya sabían seguir perfectamente la clase, yo miraba una y otra vez el reloj. Sin embargo, a pesar de sentirme más torpe de lo que esperaba, no fue ninguna decepción. Hacía años y años que soñaba con saber cómo era hacer ballet, con la enorme lástima de ser demasiado mayor para entrar en ese mundo, y por fin había probado una verdadera clase. 

Hoy día, dos meses y medio más tarde (lo que significa un gran mérito para mí), sigo yendo a clase de danza clásica. Y no solo he conseguido de retomar algo de ejercicio, sino que me he enamorado perdidamente de esta disciplina. Sí, yo, con dieciocho años, mayor. He descubierto que no es tan simple como parece desde fuera, que la vida sacrificada de las bailarinas de la que tanto se habla es cierta, que requiere no solo gran capacidad de coordinación, sino grán capacidad musical, el imprescindible amor por el arte.

Hoy día, tengo dos horas a la semana, como en la era de Educación Física, y practico el doble de ellas, intentando superarme cada día. Soy capaz de andar largas distancias sin cansancio, las agujetas ya no existen, he mejorado mi postura y ya percibo rasgos de esa tonificación que yo esperaba. Me siento más alegre, más realizada, más motivada. Ya no soy la patosa de la clase, conozco las terminologías e incluso no me hace falta mirar a los demás para no perderme en las coreografías.

Sí, querer es poder. No importa si piensas que tu flexibilidad está perdida, puedes trabajarla. No importa si no has bailado en tu vida, tiene que haber una primera vez. Más vale tarde que nunca, y no es solo por que lo digan. Constancia. Decisión y constancia, es lo único que se necesita para poder llegar a cualquier parte. 



A mí aún me queda gran camino por recorrer, o por bailar, según se mire, pero sigo conformándome con un simple demi pointe durante mucho más tiempo. Y es que no tengo prisa, quiero ir poco a poco, paso a paso, piqué a piqué. Me gusta lo que hago, tanto que cuando no tengo clase me paso las horas echándolo de menos. No puedo arrepentirme de haber empezado tan tarde con algo que me hace sentir tan bien, tan completa, ni siquiera me importa no haber empezado antes, ya no.

El código del escorpión

Últimamente he cogido la buena costumbre de traerme el periódico de la universidad cada semana a casa, para así poder echarle un vistazo antes de comer. Una sección a la que no le quito ojo es la del calendario de eventos. Tal es mi suerte que justo ayer vi un anuncio sobre la presentación del último libro de Arturo Pérez-Reverte, Falcó.

Miré la fecha un buen número de veces para saber que no se trataba de un error visual mío. Lunes, 21 de Noviembre. Podía haber cogido el periódico cualquier otro día, sin embargo, lo hice el lunes. 

Puede que para muchos suponga ignorancia, pero yo tuve la suerte de ir completamente en blanco. No había leído nada de su obra, más que algunos artículos sueltos de los que, con toda sinceridad, no recuerdo apenas nada. Ni siquiera me había molestado en leer las críticas. Solo sabía que se trataba de un individuo muy relevante tanto en la literatura como en la lengua española, que en clase habíamos hablado de él, que mucha gente lo admiraba, y que mucha otra lo odiaba. Sabía que me hacía ilusión por el hecho de lo desconocido: me sabía su nombre, pero no su historia. Era la oportunidad perfecta para juzgar por mí misma y de primera mano, a aquel personaje del que tanto hablaban, del que tanto discutían.

Además, nunca había ido a un encuentro literario, y si no te echas encima de las nuevas experiencias la universidad sería un fracaso. ¿Qué mejor manera de empezar a hacerlo?

Salí de clase cargada de mis apuntes hacia el Teatro Liceo. 19:00. La cola ya era inmensa y di gracias por que no lloviera. Media hora después ya estábamos dentro, y yo, sin esperar menos, en primera fila (una de las ventajas de ir a los sitios sola). 




La espera se hizo larga e impaciente, pero tras otros treinta minutos uno de los chicos del staff salió a dejar una cerveza en la mesa del centro del escenario; tras ella por fin salían Pérez-Reverte y Luis García, su entrevistador durante la noche.

Lo cierto es que la velada se hizo familiar y acogedora. Fue como si dos amigos se sentaran en un bar apartados de la gente, en un rincón oscuro, a charlar tanto de literatura como de la vida, la muerte, la guerra...

He de decir que Arturo me pareció un auténtico maestro de la retórica, con el lujo añadido de poder decir me importa un carajo lo que los demás piensen. Trató temas como el de España, un país lleno de etiquetas, en el que cerramos la puerta a posibles ambigüedades, y es que a medida que te vas acercando a miembros de cada bando notas como esas odiosas etiquetas se hacen más borrosas. ¿Cuál es el límite? ¿Dónde está la raya que nos separa?

También habló sobre los jóvenes que aspiran a ser grandes escritores (quizá la parte que más valoré al ser mi caso), aconsejándoles vivir la vida antes de intentar contarla, sin dejar de leer y más leer, y por supuesto, cito textualmente: jugando al baloncesto con la papelera, el deporte favorito del escritor. Y es que no debemos tener prisa por hacernos grandes de la noche a la mañana, debemos crecer e ir coleccionando emociones, experiencias, ideas, hasta que inesperadamente, por fin tengamos algo que contar. 

Además, mencionaron algo acerca de un código, el código del escorpión, que consta de tres pasos: observar el entorno, picar rápido y largarse mucho más rápido. Un consejo de lo más útil para los escritores si sabemos interpretarlo: prepara lo que quieres escribir, atrapa rápido al lector y avanza de forma ágil con la trama.

Al contar sus experiencias como reportero de guerra y adentrar su nueva novela en un escenario similar, dijo algo que todo el mundo, en especial los historiadores, deberíamos tener muy en cuenta a la hora de juzgar los hechos e ideas de otra época: hay que mirar cada cosa con los ojos que le pertenecen. No podemos mirar atrás y esperar entender lo que ocurrió, cómo y por qué, si lo miramos con los ojos de hoy en día. Algo que quizá se nos olvida demasiado. Lo que ocurrió; el Imperio Romano, la Inquisición, el Renacimiento, la Revolución Francesa, la primera y segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil... todo aquello ocurrió entonces, no ahora.

Se metió, como él dice, en jardines demasiado grandes en los que no dejaba de decir verdades que a nosotros se nos atragantan, verdades casi prohibidas escupir. Y es por eso por lo que quizá todos se han echado las manos a la cabeza cuando se han atrevido a juzgarlo, porque no tiene tapujos, no anda con rodeos ni engaños, algo que siempre ha sido muy castigado por esta sociedad. 

Por supuesto, también hablaron de su nueva obra, el protagonista escondido de este encuentro. Falcó, una novela de espionaje ambientada en los años 30 y 40, con un protagonista al cual su creador define como un lobo. 



Como cabe esperar, su trama ya me atrapó al tratarse del ambiente de los años de las guerras, pues ya sabéis lo enamorada que estoy de su estética. Se trata de una mezcla de lo cutre que solemos atribuir a España, con los lujos del más puro estilo Hollywood, por lo que consiguió sin mucho esfuerzo comprarme. 

Una vez concluyó la entrevista, durante la cual tuvimos tiempo de echar unas risas gracias al carácter del autor, salimos directos a pedir, qué menos, un autógrafo. Yo caí en la inevitable tentación de comprar un ejemplar, con la ilusión de llevármelo firmado a casa. Y eso es algo que agradecer, Arturo, que para mí, viviendo la vida de universitaria, veinte euros saben a oro. Suerte que los libros siempre son buena excusa para los padres.

No pude irme sin anécdota que contar a mi familia y amigos, pues nada más abrir el libro y leer la primera frase, se me encendió una bombilla. La mujer que iba a morir... Recordé mis clases de lengua y literatura del año pasado y las lecturas que realizamos a lo largo del curso. Fue como si me lo estuviera diciendo el mismo libro: La voz dormida, de Dulce Chacón, una de mis autoras favoritas. Ambos comienzan de la misma manera tan peculiar, que sin duda alguna consigue atrapar al lector desde el principio.

Se lo tenía que decir. Se lo tenía que decir fuera como fuera. Necesitaba saber si se trataba de una mera coincidencia o un guiño a la obra de la escritora extremeña. Juro que estuve ensayando lo que quería decirle durante toda la hora que permanecí en la cola. Hasta que me tocaba a mí. No me he sentido más nerviosa en mi vida. Ahí estaba, delante de uno de los escritores más destacados del país y quizá del mundo. Yo, una mera aficionada a la lectura. 



Mi descubrimiento acabó siendo una simple pero extraordinaria coincidencia, con la que espero no haberle importunado. Sin embargo resultó una tertulia de lo más interesante y cautivadora, en la que hasta incluyó recomendaciones de alunas películas como Esta noche o nunca, y en la que admitió lo bien que lo había pasado escribiendo a este personaje, por lo que no acabará en esta primera novela. Pero sobre todo, fue una enorme y perfecta oportunidad para juzgar por mi misma a aquel hombre tan polémico. Un hombre sin duda, honorable.





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