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Tú, Salamanca, tú.



Tú, Salamanca. Ciudad de arte y cultura, te llaman. Ciudad viva del recuerdo. Tú, con tus idas y venidas, con unos que llevan toda la vida contigo mientras otros tan solo acaban de conocerte. Tú, que atrapas a aquellos que no pensaban quedarse, que haces daño a los que no les queda más remedio que decir adiós. Tú que me vuelves indecisa y que haces que te añore aun siguiendo tus pisadas.

Ciudad del castellano, te dicen, a ti, que con tus luchas y protestas vences desde tiempos inmemorables y convences a pesar de tus derrotas. Tú, que lo mismo nos llenas de música que de silencio, con tu orgullo, con ese aire de grandeza que hace que uno se sienta tan pequeño.

Ciudad del saber, he leído. Tú, con ese color uniforme de tu piedra, de metopas y triglifos, de arcos que reciclan sus formas y de columnas compuestas y esbeltas. Salamanca de caras conocidas y otras tantas tan extrañas, de nombres memorables y épocas oscuras. Salamanca, compleja y difusa, que me envuelves y me acoges como si de mi casa se tratara y luego me arrojas desde las alturas de tus torres. Tú, escaleras arriba y escaleras abajo que tratan de llegar al cielo, tú que rozas las nubes porque ellas así lo desean. Ciudad del saber, dijeron.

Tú, Salamanca, tú, que haces que recorrer tus calles sea sueño y desventura, que abrazas a tus amantes entre túneles y pasadizos secretos que se abren a patios de lo desconocido. Tú que llevas en tus entrañas la amargura, el miedo y el lamento, nos sonríes como si siempre hubieras robado los rayor del sol. Tú, con tus modales clásicos, sin perder la compostura ni un instante, tú, que me vuelves delirante con todas las historias que en ti se esconden. Que si amantes y soldados, que si guerras, que si bandos. Y es que no hay mayor dictadura que la de amarte.

Tú, Salamanca, tú. Ciudad de estudiantes, gloria y patria de las letras, que alzas tus edificios en suelo indestructible, que te camuflas allá donde te vean. Tú, que luchas por nosotras, las mujeres, que nos enseñas el sentimiento de rozar el verdadero cielo y que haces que se enciendan todas nuestras cerillas. Tú, que amparas a aquel que desea ser tu aprendiz desde hace más de ocho centurias, que nos abres los ojos y nos aportas esperanza. Tú, querida mía, ciudad inspiradora, que haces que te escribamos mil versos por noche y que siga habiendo tinta, que nos haces perder la cabeza y a la vez asentarla en el mismo día, tú, que nos has hecho sentir parte de la historia.

Tú... Salamanca. Tú que das y que quitas, llena de vicios y virtudes, que abres puertas al escepticismo, a lo abstracto, y lo conviertes en admiración y éxtasis. Tú que tratas con calma a los perdidos y das la mano a los que ya tomaron una decisión. Tú, con los engaños y acertijos que ocultas en tus muros, que te vuelves infinita. Tú, que nos bailas a ritmo de jazz con tu piel de porcelana, tú, Salamanca. Ciudad de todos y ciudad de nadie, tú, que lejos o cerca, estarás siempre en todas partes.

Se me hace raro.

Se me hace raro no escuchar la escandalosa sinfonía de secador, con escalera arriba, escalera abajo, desayunar todas las mañanas, sola y en silencio. Que el único ruido que escuche sea el de las tostadas saltando del tostador. Que la única voz que me diga buenos días tenga acento americano. Se me hace raro.

Se me hace raro que acostumbre a estirar las piernas desde por la mañana, prescindir de esos quince minutos en el coche con la calefacción puesta. Que las manos se me hielen y que tenga que andar mirando por la ventana por si hoy debería coger el paraguas. Se me hace raro entrar en una clase en la que caben casi cien personas. Se me hace raro que no sepa a quién me voy a encontrar justo antes de pasar la puerta, no saber con qué pie se ha levantado cada uno por la cara que lleva puesta. Que de tantos nombres ninguno coincida con los que ya conocía.

Se me hace raro que la responsabilidad sea mía, que yo sea el cómo, cuándo y dónde, que yo decida. Que se me trate como alguien acostumbrado a decidir. Llegar a casa y que la mesa ya esté puesta, que ya no exista ese ratito de brasero de antes de comer, que de vez en cuando el sonido de los cubiertos multipliquen a las palabras. Se me hace raro que no seamos tres. Ahora nosotros también nos hemos multiplicado, y se me hace raro.

Se me hace raro la agenda y ni que decir el horario. Volver a estar tan ocupada: que si prácticas, que si seminario, que si apuntes y trabajos. Supongo que es cuestión de acostumbrarse.

Se me hace raro tener que mirar el mapa antes de salir, encontrarme ambos baños ocupados, las vistas del balcón. Se me hace raro tener balcón. O más bien todo: la compañía, cuando no tengo, la palabra grado, las horas frente al Skype y el café. Se me hace raro que haya empezado a tomar café justo ahora. Justo cuando mi casa ha pasado a ser la casa de mis padres. Justo cuando no hago más que mirar precios de autobuses. Justo cuando hasta un café me sabe caro. Y es eso lo que hace que todo se me haga raro.

Porque todos esperan que así sea como me sienta. Porque estoy lejos, porque este no es mi hogar. Sin embargo siento que soy de aquí desde antes de venir. Que el frío me esperaba sabiendo que yo no le haría asco, y eso es algo que nadie sabe. Que unto las tostadas con golpes de cadera, que nunca sé con quién voy a coincidir en el desayuno, que las vistas de camino a la universidad me quitan el aliento todas las mañanas y que si las clases duran dos horas a veces quiero cuatro. Eso nadie lo sabe. Lo que es llegar a casa cada día y que ya te estén esperando para comer, que el almuerzo se convierta en mi hora favorita y que rara vez no nos ahogue la risa. Que a veces se sienta como si fuera una familia nadie lo sabe.

Y es que aquí la biología, la física y la química también son artes, y cuando la clase ha terminado te avisan las campanas, que siempre hay donde ir y para eso no necesitas un Madrid o un Barcelona. Nadie sabe lo que es hacer turismo a medianoche, ver como se encienden las farolas de la Plaza Mayor, aparecer por uno de sus arcos y sentirte minúscula después de un tequila o ir de camino a casa y toparte con un concierto al aire libre. Que la máquina del café siempre te devuelva dinero de más. No tienen ni idea de que aquí hay silencio y ruido si sabes lo que quieres y dónde buscar, de que aquí hay mundo, que aquí están mi futuro y mis sueños. Que aquí estoy yo.

Que me encanta mirar como caen las gotas sobre mi paraguas, no saber a quién conocerás mañana, haber llegado a un tramo en el que ya no hay edades porque todos estamos aquí por lo mismo. Que me encanta la catedral cuando ya apagan las luces, que aún se vean las estrellas y que siempre haya música de fondo. 

Que me encanta volver, siempre volver. Nadie sabe lo que es entrar de nuevo en casa y que todo sean abrazos. Aprender a aprovechar el tiempo, que un sábado nos dé para todo y aun así quedarse corto. Supongo que por eso no deja de ser cierto.

Se me sigue haciendo raro.


Me encantas

Me encantas.
Me encanta que tu piel me recuerde al café que mi madre toma cada mañana y que siempre parezcas oler de la misma forma. Cuando la vista se te nubla por haber bebido demasiado y no paras de guiñar un ojo, normalmente el izquierdo. Que me des besos en la frente como si no fueras consciente de ello y sin deberme nada. Que siempre lo hagas todo tan lento, como si tuvieras miedo de que todo acabara demasiado pronto. Y es que siempre dices que los momentos felices duran menos que un respiro. Quizá es por eso que estés siempre tan triste, porque lo piensas todo demasiado.
Me encanta que tus ronquidos sean los únicos que me hagan conciliar el sueño. Que de la nada comiences a contarme cosas de allí de dónde vienes, y que desde que te conozco duerma menos.
Me encanta que de un pequeño detalle sepas hacer un mundo, y que seas capaz de dormir pegado a mí sin importar el calor. Tus besos en la espalda, cuello, palma de la mano, dedo a dedo, y todo rincón que encuentres al momento. Que me des escalofríos, y que sienta que podría quedarme así durante siglos.
Me encanta que me vuelva loca tu sonrisa torcida, que si cabe decir es mi cosa favorita. Que no me ponga de los nervios que nunca te despidas, y que sepas y aun así odies tocar el piano.
Puede que suene hasta patético, pero es que me encantas hasta cuando llevas alcohol de más y fumas a escondidas porque sabes que lo odio y hasta tú me lo tienes prohibido. Cuando no paras de dejar caer tu cabeza sobre mi hombro y haces que parezca que soy yo la que sabe lo que hace.
Me encanta que siempre o casi siempre me hables de camino a casa, que te dé por leer carteles y hacer ruidos raros. Y es que no sabes que si pudiera guardar todas esas notas de voz las metería en un cajón para cuando me sintiera sola. Porque no hay dolor más dulce que el sonido de tu voz. Y eso que me prometí no ir de moñas nunca más.
Me encanta que no me dejes irme a dormir hasta que no sea hora punta y que odies tanto que me hagan llorar. Todas y cada una de las veces que me llamas idiota con una sonrisa y en un susurro, y que sea capaz de escribir este cúmulo de cosas de carrerilla, como si lo hubiera memorizado incluso antes de conocerte.
Adoro cuando cambias las notas a mejor mientras cantas, y que cantes tan bajo que lo hagas parecer un agradable silencio. Que me des los buenos días a medianoche, que confundas de vez en cuando la c con la s, y que hagas lo que hagas siempre me quedes con ganas de más.
Adoro tus actos aleatorios de bondad que van en contra de todas las ideas que tienes sobre este injusto mundo. Incluso tus vicios, manías y malas costumbres, como la de escribir todo a bolígrafo rojo o la de ser incapaz de dejar una canción entera. Tus historias improvisadas sobre piratas y vagabundos ingleses, y que seas de las pocas personas que saben de la existencia del maldito guion de diálogo. Que a pesar de que muchas veces sé exactamente lo que vas a decir seas jodidamente impredecible.
Me encanta que si no puedo dormir de madrugada sé que estás a tan solo un mensaje. Que seas capaz de hasta prepararme un baño si ves que ese día me siento un completo desastre. Que admitas que te gustan las películas ñoñas y que Titanic te hizo llorar. Que tengas un extraño fetiche con mis manos y que en cuanto dejo de sonreír por un solo segundo te falta tiempo para preguntar si algo va mal. Que estés tan loco como para caminar ocho putos kilómetros, de ida y otros de vuelta, porque no puedes esperarte al lunes.
Quizá es ahí cuando me di cuenta. Que me encantas, tú y todo lo que eres y no eres y te queda por ser.
Y es que tú me has quitado los miedos y prejuicios. Los “yo ya no creo en los para siempre”, que ya no me da miedo decir que sueño con ello. Los “no quiero ir demasiado rápido”. Esa estúpida manía de no confiar en esos arrebatos de alegría que te da el amor.
Hoy solo espero que sigas quitándomelo todo, en todos los sentidos, durante mucho más tiempo, to el rato, ya.


Admito mi victoria

Hace mil años y otras mil exageraciones que no escribo. Así, sin pensar en los signos de puntuación mal puestos, pasando los dedos por el teclado a toda prisa con el miedo de que se me olvide alguna palabra y vuelva a pasarme lo que más temo: quedarme en blanco. 

Hace tiempo leí una frase, de estas que te tatuarías justo en el mismo sitio que todas las demás que consiguen darte un pellizco ahí, entre costilla y costilla. Es gracioso lo inspirados que estamos cuando nuestros corazones están rotos. Y yo, fan de las discrepancias, pienso que es la mayor mentira del mundo. Y es que es aún más gracioso lo inspirados que estamos sin darnos cuenta cuando somos felices. Quizá no de la misma forma, quizá no tan evidente, pero lo que sí tengo claro es que felicidad e inspiración no son enemigas del todo íntimas. 

Y es que a lo mejor a medida que se va pegando cachito a cachito perdemos la capacidad de entender qué es lo que nos pasa. A veces rozamos ese botón que no sabemos dónde está y cambiamos la desazón por ese sentimiento que todo lo mueve. Ese sentimiento que nos inspira, a ciegas, más que nunca. Que nos inspira a cantar por todo lo alto, a sonreírle a desconocidos por la calle, a saltar de nuevo en la cama, a reconocer que el sol brilla más que nunca, a admitir de verdad que no esperas nada a cambio, a bailar en la ducha sin miedo a un resbalón. Eso que te inspira incluso a ser más feliz todavía, a no dejar que nada se te ponga de por medio, a comerte el mundo y media Vía Láctea, a seguir sonriendo incluso cuando se te jode el calentador a las ocho de la mañana, y mira, si eso no es estar inspirado yo pongo punto y final. 

Ese sentimiento que incluso te inspira a seguir escribiendo, bobadas, frases sueltas que parecen surrealistas, metáforas incomprensibles que no encajan en ninguna poesía, poemas de verso libre que acaban siendo prosa poética, y prosa que te queda colocado de tanta cursilada.

Lo malo es que en este mundo solo está bien visto admitir tus derrotas. Escribir sobre lo mal que te va y lo injusta que es la vida porque mal de muchos consuelo de tontos, y porque es más fácil admitir que nada es como te gustaría y sentarte a ver como eso pasa que levantarte y cambiarlo aunque sea a base de hostias, porque por si no te has dado cuenta, es inevitable. En cambio escribir sobre lo alto que está tu termómetro de la alegría lo convierte en postureo, en maneras de admitir lo tonto que estás porque hasta ducharte con agua fría te parece bonito. Y es que aún no se ha registrado ninguna muerte por exceso de mariposas en el estómago, así que ya va siendo hora de admitir sentimientos que no hacen daño a nadie, de más darnos la mano en vez de darnos por vencidos, de más te quieros y menos y sis. Ya va siendo hora de admitir nuestras victorias.

Benditas tradiciones


Si hoy escribo para vosotros es para decir única y exclusivamente dos palabras: benditas tradiciones.
Si una pizca de cortesía me quedara, le daría al intro y a guardar y publicar, porque he prometido decir única y exclusivamente dos palabras. Benditas tradiciones. Y así he hecho.
Benditas tradiciones. Benditas tradiciones que hoy día nos hacen ser quienes somos, que nos aportan la base de cultura indispensable para cada ciudadano, que muestran el encanto de nuestra bendita nación. Benditas tradiciones y malditos bastardos aquellos que nos las quitan de las manos, que luchan por prohibirlas, por aquello a lo que llaman progreso, y las califican de barbarie. Aunque agradezcámosles, por ejemplo, la desaparición de aquellas luchas de gladiadores por las que ahora cobramos impuestos a la entrada de cada una de esas plazas donde la muerte era un simple antojo, donde a mayor cantidad de sangre, mayor espectáculo.
No se preocupen, amigos míos. Pues no es el caso de los toros. Los toros son arte y tradición, bendita tradición.
El simple hecho de llamarse tradición la condena al indulto de por vida, así que respiren tranquilos, pues al igual que nuestra querida tradición no corre dicho peligro de extinción, tampoco lo corre esa inútil especie llamada toro de lidia. Por lo que gritemos y alcemos nuestros pañuelos al aire con un eufórico ole, olvidémonos de la educación de nuestros hijos y del desempleo de nuestros padres y agradezcámosle a todos esos crímenes bajo encaje de colores —quiero decir, héroes— por mantener al país en pie, ejemplo de naciones. Bendita tradición y benditos héroes.
¿Cómo no se les ha ocurrido antes a todos esos ignorantes de grinpis? ¿Cómo no se han dado cuenta de que la mejor manera de preservar una especie es martirizándola hasta la muerte en un circo del que no puede escapar? Mostremos esa valentía que tiene el ser humano, siempre enfrentándose con alguien en iguales condiciones. Hagamos héroes. Benditos héroes y bendita tradición. Aplaudamos mientras sostienen su trofeo e indignémonos cuando el vecino abandone a su perro durante las vacaciones, porque estamos en contra del maltrato animal. Y que no nos llamen hipócritas al gritar en la plaza que vivan los toros, pues los toros son arte. Arte y tradición. Bendita tradición. Bendita crueldad intencionada.
Hagamos que aprendan a respetar las tradiciones, mas no la vida. Torturemos, enseñémosles la violencia a nuestros hijos y pidámosles que nunca peguen a una mujer. Dejemos el progreso a un lado y afferémonos a la humillación de un ser inocente que no tiene voz para su propia defensa. Pongámosles colores a las banderillas y adornemos las guillotinas.
Benditas tradiciones.
Esta vez juro decir tan solo tres palabras y cumplir mi promesa: vivan los toros. Vivan.
Pero en el campo.

Tiempo para nada.


Nos pasamos la vida haciendo cosas que no nos gustan para poder hacer lo que realmente queremos algún día, sin siquiera tener la verdadera certeza de que ese día tiene fecha prescrita. Sin saber si es cierto que algún día las horas serán completamente nuestras y podremos dedicarlas a lo que nos hace sentir vivos sin recibir ningún tipo de remordimiento. Debería estar haciendo otra cosa, estoy perdiendo el tiempo, hay cosas más importantes que esto, esto es tan sólo un antojo mío, no merece la pena.

Nos encanta decir que la vida son dos días y que hay que aprovecharlos, pero es pura matemática. El día tiene veinticuatro horas, de las cuales un mínimo de ocho deberían emplearse para dormir. Aquel que tenga trabajo pasa mínimo seis horas desempeñándolo, y el que no, debería usarlas para buscarlo. La mitad de nosotros ni siquiera hacemos cinco comidas al día, y aun así perdemos horas en cocinar y comer o bien en ir a un restaurante y esperar a que te sirvan. Y aunque vayas a un puto McDonald's, si con cada comida pierdes al menos media hora, esto se convierte en más de hora y media perdida con la maldita boca llena.

Imaginando que eres rápido en el baño y que no te pilla ningún atasco en todo el santo día, enhorabuena, te quedan ocho horas. Si eres español, solo siete y media.

Ocho horas para hacer todo lo que no te haya dado tiempo en el trabajo. Ocho horas para más papeleo, para ir a la compra, para tirar la basura, para limpiar la casa. Ocho horas para jugar con tus hijos o para cambiar pañales. Ocho horas para ver una película, para escuchar música, para aprender idiomas o ir a clases de bailes. Ocho horas para charlar con tus padres, con tu pareja, para echar un maldito polvo. Ocho putas horas para relajarte en un baño de espuma, para dar un paseo, ni hablemos de ir al gimnasio. Ocho horas para hacer lo que te gusta, para escribir, para leer, para pintar, para tocarte los cojones.

Yo aun soy estudiante y apenas tengo obligaciones en el mundo adulto, pero como estudiante juro que el mundo se me cae cuando pienso en hacer tan solo la mitad de las cosas que he dicho. Y me jode, me jode mucho cuando me dicen si hay tiempo para todo, eres joven, hay que vivir. Porque aquí uno no tiene tiempo para todo. Uno tiene dos columnas, la de las obligaciones y la de los placeres, y uno elige entre ambas si quiere completar una sola, porque sino todo queda a medias. Por eso me jode, porque cuando se dice que uno no sabe cuando va a marcharse para el otro barrio y que hay que aprovechar el tiempo se hace a modo de palmadita en la espalda. Eh, tranqui, que todos estamos igual de jodidos. Y desgraciadamente, la culpa es nuestra.

Pasamos toooooda nuestra santa vida pensando en el futuro, ahorrando para un coche, la casa, la hipoteca. Estudiando para poder trabajar, trabajando para poder vivir, viviendo para poder trabajar. Y sin darnos cuenta, mandando a tomar por culo la columna de los placeres.

¿Qué son los clásicos?


¿Qué es un clásico? Un clásico es aquél que no pertenece a una época, sino a la eternidad, aquél que no pasa de moda, aquél del cual pronuncias su nombre y todo el mundo lo reconoce, aquél que siempre acabamos leyendo a la luz del flexo en mitad de la noche aunque sea por mera curiosidad. Pero para mí un clásico es, sobretodo, aquél que por mucho que pasen los años, décadas y siglos, sigue embaucando a todo tipo de público, sigue teniendo gran repercusión en la actualidad y no deja de enseñarnos siempre algo nuevo, un algo que se queda clavado en tu interior como una pequeña espinita. Cuando esa espinita se clava en el corazón de todos los lectores, acaba por formarse un enorme rosal, y ese rosal pasa a llamarse clásico.

Este año es el aniversario de la muerte de dos grandes escritores, clásicos por sí solos. Uno de ellos es mi querido Shakespeare, por el que, puede que por su lenguaje o por el simple hecho de ser todo un enigma, siento gran predilección. Nadie se atrevería a negar que cualquier obra del dramaturgo inglés es completamente un clásico en toda regla, sobre todo si aplicamos esa regla a una de ellas en concreto: Romeo y Julieta, el prototipo de amor trágico por excelencia, y la base de miles de novelas, canciones y películas a lo largo de toda la historia. ¿Cuántas historias se han basado en el amor prohibido de dos jóvenes a causa de su familia? Hemos decidido ir dando capas de azúcar al fatídico desenlace, pero por lo demás, el argumento sigue siendo el mismo.

Si buscas en internet adaptaciones cinematográficas de las obras de Shakespeare la lista es infinita. Si he de nombrar algunas, esas serían El Rey León (basada en Hamlet, por muy increíble que parezca) y West Side Story (basada, evidentemente, en Romeo y Julieta), un musical situado a mitad del siglo XX en las calles de Nueva York. Ambas son maravillosas creaciones tratadas de un modo completamente distinto y llevadas a un género totalmente opuesto.

Lo mismo pasa con la música, por ejemplo. Sus obras han llegado a ser tan inspiradoras que hasta el arte de la música ha cogido prestada algunas de sus maravillosas quotes. En la canción Limelight de Rush se incluye la famosa frase de “la vida es un escenario y nosotros somos simples actores”. También ha inspirado a artistas tan grandes como Elton John, con su canción The King Must Die, Bob Dylan, con Desolation Row, e incluso a Taylor Swift con el tema Love Story, donde se declara oficialmente una Julieta que desea cambiar el final de su historia.

¿Las razones de su infinito éxito? La vida nunca cambia. Tal y como suena. Shakespeare trata temas cotidianos a los que todos nos enfrentamos al menos una vez en nuestra vida. ¿Quién no ha tenido un amor imposible o ha sentido la duda de si hacer o no hacer algo hasta llevarlo a la locura? ¿Quién no ha sentido ambición, celos, y las ganas de venganza (siempre que no incluya un asesinato)? ¿A quién no le han traicionado alguna vez en su vida? Los problemas que él trata siguen existiendo hoy en día aunque en vez de tratarse de todo un país como Dinamarca, se trate tan solo de nosotros mismos. Además, los personajes que manipula son del todo humanizados, y por mucho que hayamos cambiado, la naturaleza del ser humano sigue siendo la misma.

Si tuviera que elegir un clásico favorito tendría que cerrar los ojos bien fuerte y morderme el labio para no decantarme por mi adorado William. Su historia de amor más trágica es, por muy cliché que parezca, mi benjamín de toda la literatura, más por su forma de tratar el diálogo y las palabras que por el argumento en sí. Pero trasladándome al ámbito de la novela, elegiría El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, al sentirme eternamente atraída por la época de los años veinte y sus glamurosas fiestas empapadas de música jazz, que, en una sola tarde, consiguió clavarme su diminuta espina de 183 páginas.

facta, non verba

24 de Diciembre de 1914.

Frente occidental. Apenas han pasado seis meses desde el inicio de la guerra cuando las tropas alemanas comienzan a decorar sus trincheras, frotando sus manos para entrar en calor. A varios metros de distancia y bajo suelo se encuentra el bando británico. Sus soldados también presentan síntomas por el frío. Las botas se les llenan de agua, y pronto tendrán que gastar más munición en acabar con las ratas que en derrotar al enemigo. Poco después, se distraen de sus tareas al escuchar un murmullo. Son los alemanes, pero ¿qué están diciendo? ¿Qué sucede? Los soldados se esperan lo peor, una amenaza de ataque. Empiezan a ponerse nerviosos hasta que uno de ellos pide silencio: se lleva el índice a los labios y deja pasar el aire a través de sus dientes. "Listen," les pide a sus compañeros.

Entonces el leve murmullo se hace cada vez más audible. No son gritos de guerra, ni ordenes para disparar, sino una tenue melodía que el viento arrastra hasta ellos. Quizá lo último que esperaban, lo más extraño que podría sucederles. Algunos se miran confundidos, creen estar soñando, y no es hasta que pasan unos segundos y reconocen las notas que se dan cuenta de que es completamente real. Otros sonríen, sienten un pinchazo en el pecho, recuerdan a su familia, recuerdan qué día es y los ojos se les llenan de lágrimas a aquellos que no pretenden hacerse los duros. Los alemanes están cantando. No han olvidado la guerra, pero hoy es navidad, y entonan todos juntos una de las canciones más apropiadas para este momento. Un momento que será recordado para siempre, y una canción que pasará a la historia: Stille Nacht. Noche de paz. Para ellos es una noche de paz, a pesar de la situación, una noche que no merece balas, ni aullidos de agonía, ni más víctimas. Es una noche para amar, para compartir, para reunirse como hermanos... Y por eso cantan.

De repente, el aire se vuelve cálido y el miedo desaparece. Los ingleses responden al canto con la misma canción. Por primera vez las voces de ambos bandos, ambos idiomas, distintos en todos los sentidos, se unen bajo una misma melodía en el campo de batalla. Una melodía que suena a apretón de manos; una melodía que anuncia una tregua.

Poco a poco los soldados van saliendo de las trincheras. Ponen sus pies en la tierra de nadie, alzan sus manos como símbolo pacífico y sus cuerpos se estrechan en un fuerte abrazo. Intercambian saludos, gestos de amistad, se dan sus nombres, comparten las fotos de sus familias, fuman cigarrillos y se sirven un trago de güisqui.

Por un breve instante, a pesar de durar menos de lo que a ellos les gustaría, no existen los bandos. No existen los alemanes, ni los ingleses, no hay malos ni buenos, ni ganadores ni perdedores, solo personas; cada una de ellas igual a todas las demás.

Así justo este día, hace ciento un años, la navidad llegó a donde parecía un imposible, uniendo en su espíritu a todos ellos, gente totalmente opuesta, rivales.

Yo no sé si es porque realmente existe un Dios que nació en estas fechas (lo dudo), pero lo que está claro es que la navidad es tiempo de alegría, de reunirse. Y no importa si es con tu familia o con un completo desconocido. Lo importante es darse cuenta de que, incluso desde la Primera Guerra Mundial, la navidad viene demostrando lo que es y ha sido siempre... magia.

La importancia del arte

El Rapto de Proserpina de Bernini
Al igual que las siete maravillas del mundo, los siete mares, los siete pecados capitales, los siete infiernos descritos por Dante o sin ir más lejos, los siete días de la semana, hoy por hoy, son siete áreas las que componen el arte, haciéndola así alcanzable para todos los gustos: pintura, escultura, arquitectura, música, danza, literatura, y por último, cine.

El arte es una increíble forma de comunicación en la que a veces sobran las palabras, y el simple hecho de que su contemplación y admiración sea por puro placer la convierte en una forma de evasión de nuestras obligaciones y del mundo real: arte es escapatoria. Desde el comienzo de la existencia del hombre hemos ido desarrollando y puliendo nuestra capacidad creativa, y es quizá de su interminable historia de la que hereda tal importancia en el mundo contemporáneo. El arte nos divide en épocas, etapas, describe cada una de ellas, indica el progreso y eleva el nivel cultural de la sociedad.

Creo que para sentir cierta conexión con el arte no hace falta ser experto en la materia, pues al ser una de las formas de expresión humana más especiales basta con sentirse ligado a las personas; quien no entiende el arte no entiende a las personas. Además, con el arte hay que ser conformista, no pedirle nada a cambio y quedarse satisfecho con el desarrollo de nuestros sentidos y pensamiento.
¿Y qué es el arte? Unos dicen que todo aquello que expresa algo, otros lo restringen a lo bello... Yo digo: ¿qué más da? Mientras todos retengamos una pequeña concepción de ello, sin darle importancia a las discrepancias, y tengamos la suerte de toparnos con ella, dejemos a un lado las definiciones, porque definir es limitar.
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