El código del escorpión

Últimamente he cogido la buena costumbre de traerme el periódico de la universidad cada semana a casa, para así poder echarle un vistazo antes de comer. Una sección a la que no le quito ojo es la del calendario de eventos. Tal es mi suerte que justo ayer vi un anuncio sobre la presentación del último libro de Arturo Pérez-Reverte, Falcó.

Miré la fecha un buen número de veces para saber que no se trataba de un error visual mío. Lunes, 21 de Noviembre. Podía haber cogido el periódico cualquier otro día, sin embargo, lo hice el lunes. 

Puede que para muchos suponga ignorancia, pero yo tuve la suerte de ir completamente en blanco. No había leído nada de su obra, más que algunos artículos sueltos de los que, con toda sinceridad, no recuerdo apenas nada. Ni siquiera me había molestado en leer las críticas. Solo sabía que se trataba de un individuo muy relevante tanto en la literatura como en la lengua española, que en clase habíamos hablado de él, que mucha gente lo admiraba, y que mucha otra lo odiaba. Sabía que me hacía ilusión por el hecho de lo desconocido: me sabía su nombre, pero no su historia. Era la oportunidad perfecta para juzgar por mí misma y de primera mano, a aquel personaje del que tanto hablaban, del que tanto discutían.

Además, nunca había ido a un encuentro literario, y si no te echas encima de las nuevas experiencias la universidad sería un fracaso. ¿Qué mejor manera de empezar a hacerlo?

Salí de clase cargada de mis apuntes hacia el Teatro Liceo. 19:00. La cola ya era inmensa y di gracias por que no lloviera. Media hora después ya estábamos dentro, y yo, sin esperar menos, en primera fila (una de las ventajas de ir a los sitios sola). 




La espera se hizo larga e impaciente, pero tras otros treinta minutos uno de los chicos del staff salió a dejar una cerveza en la mesa del centro del escenario; tras ella por fin salían Pérez-Reverte y Luis García, su entrevistador durante la noche.

Lo cierto es que la velada se hizo familiar y acogedora. Fue como si dos amigos se sentaran en un bar apartados de la gente, en un rincón oscuro, a charlar tanto de literatura como de la vida, la muerte, la guerra...

He de decir que Arturo me pareció un auténtico maestro de la retórica, con el lujo añadido de poder decir me importa un carajo lo que los demás piensen. Trató temas como el de España, un país lleno de etiquetas, en el que cerramos la puerta a posibles ambigüedades, y es que a medida que te vas acercando a miembros de cada bando notas como esas odiosas etiquetas se hacen más borrosas. ¿Cuál es el límite? ¿Dónde está la raya que nos separa?

También habló sobre los jóvenes que aspiran a ser grandes escritores (quizá la parte que más valoré al ser mi caso), aconsejándoles vivir la vida antes de intentar contarla, sin dejar de leer y más leer, y por supuesto, cito textualmente: jugando al baloncesto con la papelera, el deporte favorito del escritor. Y es que no debemos tener prisa por hacernos grandes de la noche a la mañana, debemos crecer e ir coleccionando emociones, experiencias, ideas, hasta que inesperadamente, por fin tengamos algo que contar. 

Además, mencionaron algo acerca de un código, el código del escorpión, que consta de tres pasos: observar el entorno, picar rápido y largarse mucho más rápido. Un consejo de lo más útil para los escritores si sabemos interpretarlo: prepara lo que quieres escribir, atrapa rápido al lector y avanza de forma ágil con la trama.

Al contar sus experiencias como reportero de guerra y adentrar su nueva novela en un escenario similar, dijo algo que todo el mundo, en especial los historiadores, deberíamos tener muy en cuenta a la hora de juzgar los hechos e ideas de otra época: hay que mirar cada cosa con los ojos que le pertenecen. No podemos mirar atrás y esperar entender lo que ocurrió, cómo y por qué, si lo miramos con los ojos de hoy en día. Algo que quizá se nos olvida demasiado. Lo que ocurrió; el Imperio Romano, la Inquisición, el Renacimiento, la Revolución Francesa, la primera y segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil... todo aquello ocurrió entonces, no ahora.

Se metió, como él dice, en jardines demasiado grandes en los que no dejaba de decir verdades que a nosotros se nos atragantan, verdades casi prohibidas escupir. Y es por eso por lo que quizá todos se han echado las manos a la cabeza cuando se han atrevido a juzgarlo, porque no tiene tapujos, no anda con rodeos ni engaños, algo que siempre ha sido muy castigado por esta sociedad. 

Por supuesto, también hablaron de su nueva obra, el protagonista escondido de este encuentro. Falcó, una novela de espionaje ambientada en los años 30 y 40, con un protagonista al cual su creador define como un lobo. 



Como cabe esperar, su trama ya me atrapó al tratarse del ambiente de los años de las guerras, pues ya sabéis lo enamorada que estoy de su estética. Se trata de una mezcla de lo cutre que solemos atribuir a España, con los lujos del más puro estilo Hollywood, por lo que consiguió sin mucho esfuerzo comprarme. 

Una vez concluyó la entrevista, durante la cual tuvimos tiempo de echar unas risas gracias al carácter del autor, salimos directos a pedir, qué menos, un autógrafo. Yo caí en la inevitable tentación de comprar un ejemplar, con la ilusión de llevármelo firmado a casa. Y eso es algo que agradecer, Arturo, que para mí, viviendo la vida de universitaria, veinte euros saben a oro. Suerte que los libros siempre son buena excusa para los padres.

No pude irme sin anécdota que contar a mi familia y amigos, pues nada más abrir el libro y leer la primera frase, se me encendió una bombilla. La mujer que iba a morir... Recordé mis clases de lengua y literatura del año pasado y las lecturas que realizamos a lo largo del curso. Fue como si me lo estuviera diciendo el mismo libro: La voz dormida, de Dulce Chacón, una de mis autoras favoritas. Ambos comienzan de la misma manera tan peculiar, que sin duda alguna consigue atrapar al lector desde el principio.

Se lo tenía que decir. Se lo tenía que decir fuera como fuera. Necesitaba saber si se trataba de una mera coincidencia o un guiño a la obra de la escritora extremeña. Juro que estuve ensayando lo que quería decirle durante toda la hora que permanecí en la cola. Hasta que me tocaba a mí. No me he sentido más nerviosa en mi vida. Ahí estaba, delante de uno de los escritores más destacados del país y quizá del mundo. Yo, una mera aficionada a la lectura. 



Mi descubrimiento acabó siendo una simple pero extraordinaria coincidencia, con la que espero no haberle importunado. Sin embargo resultó una tertulia de lo más interesante y cautivadora, en la que hasta incluyó recomendaciones de alunas películas como Esta noche o nunca, y en la que admitió lo bien que lo había pasado escribiendo a este personaje, por lo que no acabará en esta primera novela. Pero sobre todo, fue una enorme y perfecta oportunidad para juzgar por mi misma a aquel hombre tan polémico. Un hombre sin duda, honorable.





Vintage: las 6 W.

Hace cosa de un año comencé a cambiar mi estilo a un ritmo vertiginoso. Pasé de los pantalones negros rasgados a las faldas de vuelo, de las camisetas anchas de bandas de rock a las blusas de color caqui, y de mis míticas deportivas Converse a los estilo Merceditas. Y es que supongo que en los últimos dos años he tomado algunas de mis mejores decisiones, una de ellas hacerme vegetariana (de lo cual hace tiempo que llevo rondando la idea de hacer un post) y la otra vestir siendo yo misma.
Desde la primera vez que lucí una falda de segunda mano en el instituto la gente no ha parado de preguntarme de dónde saco esa ropa, por qué me la pongo, qué marcas utilizo... Así que por eso me he animado a escribir una entrada con toda la información que yo, como novata en el mundo de las eras vintage, conozco. 

Ahí van las 6 W de la moda vintage,


1. ¿Dónde?

De dónde saco cada una de mis prendas es quizá lo que más me preguntan, sobre todo en el día a día.

El abanico de posibilidades es extremadamente amplio. Yo suelo buscar de vez en cuando en tiendas físicas, en especial en las de segunda mano que se dedican en exclusiva a este mercado. En mi ciudad hay un par que suelen renovar sus productos con bastante frecuencia, así que mi consejo es que eches un vistazo por las tiendas locales antes de lanzarte al internet, porque son todo ventajas. El trato es cara a cara, muy personal y si sueles frecuentar la tienda acaba siendo hasta amistoso; puedes palpar tú mismo el material y probar cómo te queda, sin riesgo a equivocarte de talla; y la compra es evidentemente, directa: de la tienda a casa.

Si no tienes tiendas vintage locales puedes aprovechar tus viajes de verano al extranjero, pasar un fin de semana en la capital (ya sabéis lo que adoro Malasaña) o como he dicho antes: atreveros con las compras online.

Mi sitio favorito en todo internet para comprar prendas de época es sin duda Etsy. Las razones son varias, ya que además de tratarse de vendedores personales e individuales la mayoría de las veces, hay un enorme intervalo de precios y de variedad de productos, puedes conseguir cupones descuento, los pedidos no suelen tardar mucho en llegar y además tiene una sección únicamente para productos vintage. El inconveniente más molesto es el gasto en los portes de envío.

Otras páginas generales en las que puede que encuentres algún chollo son Amazon e eBay. 

Entre las páginas oficiales (que son infinitas y suelen ser extranjeras) podría recomendar Collectif, de origen inglés, Pinup Girl Clothing, Doll Me Up o  Lindy Bop, de estilo más pinup. Los inconvenientes de las páginas oficiales online son los precios, que suelen ser bastante elevados si lo que buscas son gangas, que los productos son esencialmente retro, no vintage, y por supuesto el tema del tallaje, que acaba siendo un lío.

Instagram es otro de los medios que hoy en día se está convirtiendo en un buen mercado para lo vintage. Cada vez más y más fanáticas de esta moda cuelgan prendas que ya no van a utilizar con el objetivo de ganarse algún dinerillo rápido, solo tendrás que crearte una cuenta PayPal (ya que es el medio de pago que casi todos los vendedores piden) y probar suerte. Prueba buscando el hashtag #truevintageforsale.

Yo personalmente me limito a las tiendas locales y a Etsy, tanto por la economía como por los productos.

Ahora bien, el truco está en buscar, tanto en tienda física como en internet. Buscar, buscar y rebuscar. A veces toma horas y horas de decepción, hasta que un día te topas con un producto que realmente te gusta. El armario no se cambia de la noche a la mañana, requiere incluso años y años coleccionando viejos tesoros hasta que tu estilo se define completamente. Verás que los precios varían muchísimo, y siempre acabas encontrando algo. Paciencia.


2. ¿Cómo?

¿Cómo aprender a combinar tus prendas?

Creo que hoy en día en el mundo de la moda todo es válido, así que limitarse a un estilo o a una década es totalmente erróneo. En mi caso, a pesar de tener un estilo claramente vintage, hay días que me levanto con las ganas de usar vaqueros o salir de copas con algo más moderno y arreglado. Por eso nadie debería quedarse estancado en un solo estilo, al no ser que seas forofo de una era y puedas permitirte el lujo de que tu armario sea como viajar en el tiempo a un momento preciso. Esa no es mi suerte ni mi gusto.

Combinar la ropa vintage es de lo más divertido. Puedes darle rienda suelta a tu imaginación y satisfacer tu propio instinto, inspirarte en fotos antiguas o incluso en personas que ya llevan su tiempo en este mundillo. 

Yo siempre suelo coger ideas de entre películas, series, revistas y fotos de actrices como Audrey Hepburn, que tiene quizá un estilo más casual a pesar de tirar para los años 60. La mejor manera es adentrarte en este mundo no solo en el ámbito de la moda, sino en el cine. Las películas antiguas son los mejores ejemplos sin duda, aunque es verdad que las actrices de Hollywood lucían conjuntos mucho más sofisticados y elegantes, no muy apropiados para nuestro día a día. Por eso yo soy muy fan de las películas de época modernas, siendo mis favoritas sobre el periodo de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.







Además, también hay un montón de series históricas de todas las épocas que te pueden servir, mi favorita por el vestuario (aunque tiene el mismo problema que Hollywood) es Velvet, de Antena 3. 


3. ¿Qué?

Hemos de tener en cuenta la diferencia entre lo vintage y lo retro. Mientras que lo primero proviene de épocas anteriores y son productos originales de esas décadas, lo retro son los productos que han sido confeccionados basándose en el estilo y la moda de aquellos años. 

Parece un detalle sin importancia, pero hay una enorme diferencia en cuanto a materiales, conservación, valor e incluso estilo. Sin embargo, a pesar de que yo prefiero mil veces las prendas originales, creo que puede ser interesante la mezcla de ambas, incluso la aportación de cosas contemporáneas como pueden ser los básicos del armario a fin de ahorrar algo de dinero. 

Tal y como he dicho antes, limitarse a vintage o a retro es algo estúpido. Puedes combinar de ambas, sabiendo que lo vintage puede encontrarse en peores condiciones y requerirá quizá un mayor cuidado, y que lo retro no tendrá siempre ese aspecto antiguo puesto que no se trata de una pieza original. Depende de cada uno.


4. ¿Cuánto?

Hablemos de dinero. Lamentablemente se trata de una moda algo cara para mi gusto. A pesar de haber un enorme intervalo de precios asequibles para todas las economías, la inmensa mayoría suele ser algo difícil de asimilar, de ahí mi consejo a que tengáis paciencia en rellenar el armario. Por suerte se trata de objetos únicos, no en serie (hablando de lo vintage), que es lo que los hace más caros la mayoría de veces, ya que sabrás que cada prenda es un tesoro.

Es cuestión de más paciencia a la hora de buscar y saber administrarse. Eso sí, también hay que saber cuando merecemos algún que otro caprichito. 

Por eso aconsejo en el primer apartado las tiendas físicas principalmente, porque suelen tener los precios más bajos. También puedes pasarte por rastros y outlets, ya que por internet acabarás gastándote más.


5. ¿Quién?

A la hora de tomar inspiración es recomendable seguir a los verdaderos maestros de este arte. Hay muchas chicas que llevan haciendo esto desde hace años y su estilo está ya bastante consolidado, yo sigo a varias tanto en Instagram (Lilly Jarlson, Esther Maria, Annelies van Overbeek, y mis favoritas Rachel Maksy e Ida Cathrine) como en YouTube (The Pinup Companion que es Rachel y Lilly Jarlson de nuevo, quien aporta bastantes tutoriales), aunque en esta red suelen haber menos.


6. ¿Por qué?

La moda, la ropa que vestimos cada día, es la imagen que damos a los de nuestro alrededor, pero más que eso es una manera de sentirnos a gusto con nosotros mismos, una manera de expresarnos. Por eso cada uno hemos de definir nuestro estilo personal.

En mi caso el porqué es bastante complejo. La moda vintage me parece única, original, me hace sentir totalmente femenina, me siento identificada con el estilo y a pesar de no haber vivido esos años siento como que hay un hilito que tira desde cualquier cosa que tenga que ver con esas décadas hasta mi corazón, lo cual suena bastante cursi pero no deja de ser cierto. No es solo una cuestión de moda, sino de literatura, de historia, de música, de la manera de ver ciertas cosas. 

Por eso os animo a que vistáis como queráis y que os atreváis con todo, porque lleves lo que lleves puesto la gente siempre murmurará algo, ya sea bueno o malo. Os animo a que dejéis de lado las modas, que seáis vosotros mismos, porque como Coco Chanel decía, la moda se desvanece, solo el estilo sigue siendo el mismo. 

Ya sabéis que cualquier duda podéis contactar conmigo o dejar un comentario.


"La alegría de vestir es un arte." —John Galliano

Se me hace raro.

Se me hace raro no escuchar la escandalosa sinfonía de secador, con escalera arriba, escalera abajo, desayunar todas las mañanas, sola y en silencio. Que el único ruido que escuche sea el de las tostadas saltando del tostador. Que la única voz que me diga buenos días tenga acento americano. Se me hace raro.

Se me hace raro que acostumbre a estirar las piernas desde por la mañana, prescindir de esos quince minutos en el coche con la calefacción puesta. Que las manos se me hielen y que tenga que andar mirando por la ventana por si hoy debería coger el paraguas. Se me hace raro entrar en una clase en la que caben casi cien personas. Se me hace raro que no sepa a quién me voy a encontrar justo antes de pasar la puerta, no saber con qué pie se ha levantado cada uno por la cara que lleva puesta. Que de tantos nombres ninguno coincida con los que ya conocía.

Se me hace raro que la responsabilidad sea mía, que yo sea el cómo, cuándo y dónde, que yo decida. Que se me trate como alguien acostumbrado a decidir. Llegar a casa y que la mesa ya esté puesta, que ya no exista ese ratito de brasero de antes de comer, que de vez en cuando el sonido de los cubiertos multipliquen a las palabras. Se me hace raro que no seamos tres. Ahora nosotros también nos hemos multiplicado, y se me hace raro.

Se me hace raro la agenda y ni que decir el horario. Volver a estar tan ocupada: que si prácticas, que si seminario, que si apuntes y trabajos. Supongo que es cuestión de acostumbrarse.

Se me hace raro tener que mirar el mapa antes de salir, encontrarme ambos baños ocupados, las vistas del balcón. Se me hace raro tener balcón. O más bien todo: la compañía, cuando no tengo, la palabra grado, las horas frente al Skype y el café. Se me hace raro que haya empezado a tomar café justo ahora. Justo cuando mi casa ha pasado a ser la casa de mis padres. Justo cuando no hago más que mirar precios de autobuses. Justo cuando hasta un café me sabe caro. Y es eso lo que hace que todo se me haga raro.

Porque todos esperan que así sea como me sienta. Porque estoy lejos, porque este no es mi hogar. Sin embargo siento que soy de aquí desde antes de venir. Que el frío me esperaba sabiendo que yo no le haría asco, y eso es algo que nadie sabe. Que unto las tostadas con golpes de cadera, que nunca sé con quién voy a coincidir en el desayuno, que las vistas de camino a la universidad me quitan el aliento todas las mañanas y que si las clases duran dos horas a veces quiero cuatro. Eso nadie lo sabe. Lo que es llegar a casa cada día y que ya te estén esperando para comer, que el almuerzo se convierta en mi hora favorita y que rara vez no nos ahogue la risa. Que a veces se sienta como si fuera una familia nadie lo sabe.

Y es que aquí la biología, la física y la química también son artes, y cuando la clase ha terminado te avisan las campanas, que siempre hay donde ir y para eso no necesitas un Madrid o un Barcelona. Nadie sabe lo que es hacer turismo a medianoche, ver como se encienden las farolas de la Plaza Mayor, aparecer por uno de sus arcos y sentirte minúscula después de un tequila o ir de camino a casa y toparte con un concierto al aire libre. Que la máquina del café siempre te devuelva dinero de más. No tienen ni idea de que aquí hay silencio y ruido si sabes lo que quieres y dónde buscar, de que aquí hay mundo, que aquí están mi futuro y mis sueños. Que aquí estoy yo.

Que me encanta mirar como caen las gotas sobre mi paraguas, no saber a quién conocerás mañana, haber llegado a un tramo en el que ya no hay edades porque todos estamos aquí por lo mismo. Que me encanta la catedral cuando ya apagan las luces, que aún se vean las estrellas y que siempre haya música de fondo. 

Que me encanta volver, siempre volver. Nadie sabe lo que es entrar de nuevo en casa y que todo sean abrazos. Aprender a aprovechar el tiempo, que un sábado nos dé para todo y aun así quedarse corto. Supongo que por eso no deja de ser cierto.

Se me sigue haciendo raro.


Me encantas

Me encantas.
Me encanta que tu piel me recuerde al café que mi madre toma cada mañana y que siempre parezcas oler de la misma forma. Cuando la vista se te nubla por haber bebido demasiado y no paras de guiñar un ojo, normalmente el izquierdo. Que me des besos en la frente como si no fueras consciente de ello y sin deberme nada. Que siempre lo hagas todo tan lento, como si tuvieras miedo de que todo acabara demasiado pronto. Y es que siempre dices que los momentos felices duran menos que un respiro. Quizá es por eso que estés siempre tan triste, porque lo piensas todo demasiado.
Me encanta que tus ronquidos sean los únicos que me hagan conciliar el sueño. Que de la nada comiences a contarme cosas de allí de dónde vienes, y que desde que te conozco duerma menos.
Me encanta que de un pequeño detalle sepas hacer un mundo, y que seas capaz de dormir pegado a mí sin importar el calor. Tus besos en la espalda, cuello, palma de la mano, dedo a dedo, y todo rincón que encuentres al momento. Que me des escalofríos, y que sienta que podría quedarme así durante siglos.
Me encanta que me vuelva loca tu sonrisa torcida, que si cabe decir es mi cosa favorita. Que no me ponga de los nervios que nunca te despidas, y que sepas y aun así odies tocar el piano.
Puede que suene hasta patético, pero es que me encantas hasta cuando llevas alcohol de más y fumas a escondidas porque sabes que lo odio y hasta tú me lo tienes prohibido. Cuando no paras de dejar caer tu cabeza sobre mi hombro y haces que parezca que soy yo la que sabe lo que hace.
Me encanta que siempre o casi siempre me hables de camino a casa, que te dé por leer carteles y hacer ruidos raros. Y es que no sabes que si pudiera guardar todas esas notas de voz las metería en un cajón para cuando me sintiera sola. Porque no hay dolor más dulce que el sonido de tu voz. Y eso que me prometí no ir de moñas nunca más.
Me encanta que no me dejes irme a dormir hasta que no sea hora punta y que odies tanto que me hagan llorar. Todas y cada una de las veces que me llamas idiota con una sonrisa y en un susurro, y que sea capaz de escribir este cúmulo de cosas de carrerilla, como si lo hubiera memorizado incluso antes de conocerte.
Adoro cuando cambias las notas a mejor mientras cantas, y que cantes tan bajo que lo hagas parecer un agradable silencio. Que me des los buenos días a medianoche, que confundas de vez en cuando la c con la s, y que hagas lo que hagas siempre me quedes con ganas de más.
Adoro tus actos aleatorios de bondad que van en contra de todas las ideas que tienes sobre este injusto mundo. Incluso tus vicios, manías y malas costumbres, como la de escribir todo a bolígrafo rojo o la de ser incapaz de dejar una canción entera. Tus historias improvisadas sobre piratas y vagabundos ingleses, y que seas de las pocas personas que saben de la existencia del maldito guion de diálogo. Que a pesar de que muchas veces sé exactamente lo que vas a decir seas jodidamente impredecible.
Me encanta que si no puedo dormir de madrugada sé que estás a tan solo un mensaje. Que seas capaz de hasta prepararme un baño si ves que ese día me siento un completo desastre. Que admitas que te gustan las películas ñoñas y que Titanic te hizo llorar. Que tengas un extraño fetiche con mis manos y que en cuanto dejo de sonreír por un solo segundo te falta tiempo para preguntar si algo va mal. Que estés tan loco como para caminar ocho putos kilómetros, de ida y otros de vuelta, porque no puedes esperarte al lunes.
Quizá es ahí cuando me di cuenta. Que me encantas, tú y todo lo que eres y no eres y te queda por ser.
Y es que tú me has quitado los miedos y prejuicios. Los “yo ya no creo en los para siempre”, que ya no me da miedo decir que sueño con ello. Los “no quiero ir demasiado rápido”. Esa estúpida manía de no confiar en esos arrebatos de alegría que te da el amor.
Hoy solo espero que sigas quitándomelo todo, en todos los sentidos, durante mucho más tiempo, to el rato, ya.


Remember Madrid

Si consigues olvidarte un poco del calor, Madrid es otra completamente distinta en agosto. Un Madrid más tranquilo y más asequible tanto para la vista como para el bolsillo, una ciudad que se queda vacía para poder disfrutarla sin esos agobios de las aglomeraciones de gente por todas partes. Y como para mí vacaciones es antónimo de hamaca y sombrilla, Madrid me ha venido como un guante. Y es que no me canso de decirlo, que Madrid es género literario. 

Cuatro días quizá saben a poco para los que nos gusta patear hasta que la suela se desgaste, pero lo bueno de eso es que por muchas veces que vayas siempre queda una excusa para volver.









Lo primero que hicimos es parar en el centro comercial Xanadú por mera curiosidad, y es casi imposible no flipar con la pista de esquí, aunque nada mejor que la nieve al aire libre. Después tiramos rumbo a Madrid centro, y una vez nos instalamos en el hotel (a menos de un tiro de piedra de la Puerta del Sol) fuimos a nuestra primera parada obligatoria cada vez que viajamos a la capital aunque sea solo para coger un avión: el Mercado de San Miguel. Y es que si te apetece darte un capricho al paladar al estilo cerveza y tapas, dudo que haya un sitio mejor. Las croquetas de boletus cien por cien recomendadas. Y de postre algo sano, fruta fresca.

Tras una breve parada por Casa Rua en busca de ese famoso bocadillo de calamares para quien seguía con apetito y un pequeño paseo por la Plaza Mayor, fuimos de cabeza al hotel a por la imperdonable siesta española.






Tras más cervezas y una vez ya escondido el sol, decidimos darnos otro gustazo gastronómico, que es lo que más nos mueve, e hicimos parada en el restaurante Yakitoro, de nuestro querido Alberto Chicote. Yo, sin una mínima queja sobre mi dieta, pedí calabacín asado con salsa de naranja, miso y aceite de hierbas, un taboulé y otra de arroz especiado asado al carbón en hoja de banano. Cada cual mejor que la anterior. Las tapas son algo pequeñas, pero bastante económicas para lo que me esperaba, y los sabores merecen del todo la pena. 





El segundo día lo empezamos con una dosis de cultura, dando un tour gratuito por el centro por cortesía de la compañía Civitatis (viva el mundo de las letras). A veces resulta triste que sepamos más historia de otras ciudades que de nuestra propia capital, y es que, entre muchas de las cosas que aprendimos, a lo que llamábamos oso es una osa, representando a la constelación del carro. Como dice mi abuela, no te acostarás sin saber una cosa más.





Después de eso dimos un paseo hasta uno de mis barrios favoritos, Malasaña, donde tocaba mi parte más ansiada, un recorrido por todas las tiendas vintage y retro, sobre todo por la calle Velarde, en las que puedes encontrar piezas desde los años 90 hasta verdaderas joyas de los 40, si sabes rebuscar bien.




Aunque lo pasé algo mal por un incordio de dolor de barriga, terminamos de la mejor forma: cenando en un Subway, mi restaurante de comida rápida favorito. 

El siguiente día lo abrí con un delicioso frappé, tan delicioso como caro.





Este fue sin duda el mejor día de todos, porque lo pasé rodeada de auriculares con música clásica, el mejor acompañante para una sobredosis de cuadros. Antes de que abrieran las puertas, yo ya estaba en la cola del Museo del Prado, descargándome una buena audioguía de la que acabé aburriéndome y mordiéndome las uñas, deseando entrar. Tan solo la cascara del edificio es puro arte, construido en la época de Carlos III, y pura historia, quedando en ruinas tras la guerra de la Independencia.

La entrada me salió gratuita, y es que de todo en esta vida se pueden sacar ventajas. El único punto en contra es que no dejasen hacer fotos, aunque yo no supe portarme del todo bien cuando no miraban.





El fusilamiento de Torrijos, Las Meninas de Velázquez, Las edades y la muerte de Grien y Los fusilamientos de Goya se encuentran entre mis favoritos, pero ¿el mejor de todos? Sin duda estaba en la exposición temporal del Bosco: El jardín de las delicias. Y es que es inevitable dejarse llevar por el mar de figuras y demonios que inundan todo el lienzo, sus colores, la imaginación, el caos, la inquietud que refleja y a pesar de ello la armonía, todo fusionado en el Edén, un falso paraíso lleno de pecado y el mismísimo Infierno.






Una vez me decidí a salir del museo, ya con la mente al borde del colapso, me atreví a hacer algo de turismo por mi cuenta a lo largo del Paseo del Prado, Cibeles, y la calle de Alcalá, hasta Sol. Disfrutando del buen tiempo, alguna que otra compra, las buenas vistas y la buena música de mi lista de reproducción de Sinatra.





Después de llegar a Sol, no pude evitar pasarme por Lush Cosmetics, mi tienda favorita sin lugar a dudas. Tanto el trato personalizado como la ética que siguen con sus productos hacen de la tienda un puro paraíso de olores frescos y gente encantadora.

El resto del día lo pasamos descansando y refugiándonos del calor hasta la hora de la cena, que tocó en un LemonGrass, una franquicia de pasta y arroz asiático que no tiene nada que envidiarle a un restaurante en toda regla.

El cuarto día hicimos una visita al Palacio Real, el cual puede que impresione más por su fachada y patio frontal que por su interior recargado al más puro estilo rococó, exceptuando la sala del trono y la del comedor (que si tienes algo de imaginación y paciencia para pararte merece la pena visualizar esas fiestas de gala y protocolo).





También hicimos una breve parada en la Catedral de la Almudena, con un maravilloso estilo neogótico en el interior y neoclásico en el exterior, y tras varias cervezas que nos refrescaran la garganta no nos quedó más remedio que refugiarnos de nuevo de los rayos del sol hasta por la tarde.

Cambiando mi vestido por uno más al estilo Sandy Olsson (del todo adecuado para el barrio al que íbamos) salimos del hotel y volvimos a pasarnos, esta vez todos juntos, por Lush, ya que se me da bien vender sus productos hasta a mí. Esta vez nos dejaron ver el Spa que tienen en el local, y puedo decir que es la cosa más maravillosa del mundo, lo cual no me sorprendía, viniendo de esta compañía. La decoración te hacía sentir que estabas en una pequeña casita de campo del sur de Inglaterra, llena de muebles rústicos, paredes de papel pintado, libros antiguos, colores verdes y marrones, dibujos de aves, frutas y flores recién cortadas... Desde luego, algo que todo el mundo debería probar una vez en la vida, así que ya me veo ahorrando. Solo la amabilidad de sus trabajadores hace que salgas de la tienda con un toque más de alegría.

El viaje lo cerramos visitando el barrio más vivo de todo Madrid, La Latina, que, encontrándose en época de verbenas, rebosaba de gente, música y buen ambiente. Allí bebimos, por supuesto, más cerveza artesana, tinto de verano, y comimos las típicas papas bravas y pimientos del padrón, con los que echamos fuego por la boca. Además, me fui con otra pequeña adquisición para el armario de una de mis tiendas must del barrio: Remember Madrid.






Aquí os dejo además el vídeo blog que grabé.

Admito mi victoria

Hace mil años y otras mil exageraciones que no escribo. Así, sin pensar en los signos de puntuación mal puestos, pasando los dedos por el teclado a toda prisa con el miedo de que se me olvide alguna palabra y vuelva a pasarme lo que más temo: quedarme en blanco. 

Hace tiempo leí una frase, de estas que te tatuarías justo en el mismo sitio que todas las demás que consiguen darte un pellizco ahí, entre costilla y costilla. Es gracioso lo inspirados que estamos cuando nuestros corazones están rotos. Y yo, fan de las discrepancias, pienso que es la mayor mentira del mundo. Y es que es aún más gracioso lo inspirados que estamos sin darnos cuenta cuando somos felices. Quizá no de la misma forma, quizá no tan evidente, pero lo que sí tengo claro es que felicidad e inspiración no son enemigas del todo íntimas. 

Y es que a lo mejor a medida que se va pegando cachito a cachito perdemos la capacidad de entender qué es lo que nos pasa. A veces rozamos ese botón que no sabemos dónde está y cambiamos la desazón por ese sentimiento que todo lo mueve. Ese sentimiento que nos inspira, a ciegas, más que nunca. Que nos inspira a cantar por todo lo alto, a sonreírle a desconocidos por la calle, a saltar de nuevo en la cama, a reconocer que el sol brilla más que nunca, a admitir de verdad que no esperas nada a cambio, a bailar en la ducha sin miedo a un resbalón. Eso que te inspira incluso a ser más feliz todavía, a no dejar que nada se te ponga de por medio, a comerte el mundo y media Vía Láctea, a seguir sonriendo incluso cuando se te jode el calentador a las ocho de la mañana, y mira, si eso no es estar inspirado yo pongo punto y final. 

Ese sentimiento que incluso te inspira a seguir escribiendo, bobadas, frases sueltas que parecen surrealistas, metáforas incomprensibles que no encajan en ninguna poesía, poemas de verso libre que acaban siendo prosa poética, y prosa que te queda colocado de tanta cursilada.

Lo malo es que en este mundo solo está bien visto admitir tus derrotas. Escribir sobre lo mal que te va y lo injusta que es la vida porque mal de muchos consuelo de tontos, y porque es más fácil admitir que nada es como te gustaría y sentarte a ver como eso pasa que levantarte y cambiarlo aunque sea a base de hostias, porque por si no te has dado cuenta, es inevitable. En cambio escribir sobre lo alto que está tu termómetro de la alegría lo convierte en postureo, en maneras de admitir lo tonto que estás porque hasta ducharte con agua fría te parece bonito. Y es que aún no se ha registrado ninguna muerte por exceso de mariposas en el estómago, así que ya va siendo hora de admitir sentimientos que no hacen daño a nadie, de más darnos la mano en vez de darnos por vencidos, de más te quieros y menos y sis. Ya va siendo hora de admitir nuestras victorias.

Benditas tradiciones


Si hoy escribo para vosotros es para decir única y exclusivamente dos palabras: benditas tradiciones.
Si una pizca de cortesía me quedara, le daría al intro y a guardar y publicar, porque he prometido decir única y exclusivamente dos palabras. Benditas tradiciones. Y así he hecho.
Benditas tradiciones. Benditas tradiciones que hoy día nos hacen ser quienes somos, que nos aportan la base de cultura indispensable para cada ciudadano, que muestran el encanto de nuestra bendita nación. Benditas tradiciones y malditos bastardos aquellos que nos las quitan de las manos, que luchan por prohibirlas, por aquello a lo que llaman progreso, y las califican de barbarie. Aunque agradezcámosles, por ejemplo, la desaparición de aquellas luchas de gladiadores por las que ahora cobramos impuestos a la entrada de cada una de esas plazas donde la muerte era un simple antojo, donde a mayor cantidad de sangre, mayor espectáculo.
No se preocupen, amigos míos. Pues no es el caso de los toros. Los toros son arte y tradición, bendita tradición.
El simple hecho de llamarse tradición la condena al indulto de por vida, así que respiren tranquilos, pues al igual que nuestra querida tradición no corre dicho peligro de extinción, tampoco lo corre esa inútil especie llamada toro de lidia. Por lo que gritemos y alcemos nuestros pañuelos al aire con un eufórico ole, olvidémonos de la educación de nuestros hijos y del desempleo de nuestros padres y agradezcámosle a todos esos crímenes bajo encaje de colores —quiero decir, héroes— por mantener al país en pie, ejemplo de naciones. Bendita tradición y benditos héroes.
¿Cómo no se les ha ocurrido antes a todos esos ignorantes de grinpis? ¿Cómo no se han dado cuenta de que la mejor manera de preservar una especie es martirizándola hasta la muerte en un circo del que no puede escapar? Mostremos esa valentía que tiene el ser humano, siempre enfrentándose con alguien en iguales condiciones. Hagamos héroes. Benditos héroes y bendita tradición. Aplaudamos mientras sostienen su trofeo e indignémonos cuando el vecino abandone a su perro durante las vacaciones, porque estamos en contra del maltrato animal. Y que no nos llamen hipócritas al gritar en la plaza que vivan los toros, pues los toros son arte. Arte y tradición. Bendita tradición. Bendita crueldad intencionada.
Hagamos que aprendan a respetar las tradiciones, mas no la vida. Torturemos, enseñémosles la violencia a nuestros hijos y pidámosles que nunca peguen a una mujer. Dejemos el progreso a un lado y afferémonos a la humillación de un ser inocente que no tiene voz para su propia defensa. Pongámosles colores a las banderillas y adornemos las guillotinas.
Benditas tradiciones.
Esta vez juro decir tan solo tres palabras y cumplir mi promesa: vivan los toros. Vivan.
Pero en el campo.
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