Tú, Salamanca, tú.



Tú, Salamanca. Ciudad de arte y cultura, te llaman. Ciudad viva del recuerdo. Tú, con tus idas y venidas, con unos que llevan toda la vida contigo mientras otros tan solo acaban de conocerte. Tú, que atrapas a aquellos que no pensaban quedarse, que haces daño a los que no les queda más remedio que decir adiós. Tú que me vuelves indecisa y que haces que te añore aun siguiendo tus pisadas.

Ciudad del castellano, te dicen, a ti, que con tus luchas y protestas vences desde tiempos inmemorables y convences a pesar de tus derrotas. Tú, que lo mismo nos llenas de música que de silencio, con tu orgullo, con ese aire de grandeza que hace que uno se sienta tan pequeño.

Ciudad del saber, he leído. Tú, con ese color uniforme de tu piedra, de metopas y triglifos, de arcos que reciclan sus formas y de columnas compuestas y esbeltas. Salamanca de caras conocidas y otras tantas tan extrañas, de nombres memorables y épocas oscuras. Salamanca, compleja y difusa, que me envuelves y me acoges como si de mi casa se tratara y luego me arrojas desde las alturas de tus torres. Tú, escaleras arriba y escaleras abajo que tratan de llegar al cielo, tú que rozas las nubes porque ellas así lo desean. Ciudad del saber, dijeron.

Tú, Salamanca, tú, que haces que recorrer tus calles sea sueño y desventura, que abrazas a tus amantes entre túneles y pasadizos secretos que se abren a patios de lo desconocido. Tú que llevas en tus entrañas la amargura, el miedo y el lamento, nos sonríes como si siempre hubieras robado los rayor del sol. Tú, con tus modales clásicos, sin perder la compostura ni un instante, tú, que me vuelves delirante con todas las historias que en ti se esconden. Que si amantes y soldados, que si guerras, que si bandos. Y es que no hay mayor dictadura que la de amarte.

Tú, Salamanca, tú. Ciudad de estudiantes, gloria y patria de las letras, que alzas tus edificios en suelo indestructible, que te camuflas allá donde te vean. Tú, que luchas por nosotras, las mujeres, que nos enseñas el sentimiento de rozar el verdadero cielo y que haces que se enciendan todas nuestras cerillas. Tú, que amparas a aquel que desea ser tu aprendiz desde hace más de ocho centurias, que nos abres los ojos y nos aportas esperanza. Tú, querida mía, ciudad inspiradora, que haces que te escribamos mil versos por noche y que siga habiendo tinta, que nos haces perder la cabeza y a la vez asentarla en el mismo día, tú, que nos has hecho sentir parte de la historia.

Tú... Salamanca. Tú que das y que quitas, llena de vicios y virtudes, que abres puertas al escepticismo, a lo abstracto, y lo conviertes en admiración y éxtasis. Tú que tratas con calma a los perdidos y das la mano a los que ya tomaron una decisión. Tú, con los engaños y acertijos que ocultas en tus muros, que te vuelves infinita. Tú, que nos bailas a ritmo de jazz con tu piel de porcelana, tú, Salamanca. Ciudad de todos y ciudad de nadie, tú, que lejos o cerca, estarás siempre en todas partes.

Los detallistas frente a los fatalistas

Vuelve a parecer que hace siglos que no escribo, pero entre una cosa y otra no encuentro ni tema ni tiempo. Así que he decidido hablar sobre algo a simple vista insignificante, sin guion ni esquemas.

Siempre me ha encantado celebrar mi cumpleaños, y creo que puedo decir con toda sinceridad que los regalos nunca han tenido un papel esencial durante ese día. Si todos los años he sentido cierto entusiasmo hacia esa fecha es porque ello significaba una mera excusa para reunir a toda la gente que me importa. Si decides quedar para comer un sábado todo el mundo tiene planes, sin embargo, si dices que es tu cumpleaños no suele faltar casi nadie. No sé si tomármelo a hipocresía o a extrema necesidad de hacer lo que se considera políticamente correcto, pero el caso es que a la gente no le importa cancelar todos sus planes ese día e ir a comer contigo, aunque eso signifique hacerse trescientos kilómetros ida y trescientos más de vuelta. Eso, hipócrita o no, es ser detallista. Y creedme, yo soy gran amante apasionada de los detalles. O más bien suelo odiar rápidamente a quien no los tiene (en un alma joven cabe demasiado, sobre todo si implica la palabra odio, por desgracia). 

No obstante, este año ha sido diferente, no sé cómo no me lo veía venir. Este veinte de mayo era imposible reunir a nadie, y no porque la gente haya dejado de tener detalles (que también), sino porque ni yo podía cancelarlos por mi cumpleaños. Quizá ha sido por eso por lo que me pasé el día lloriqueando como una tonta, porque me vi sola en un día que, ya después de ibuprofeno, entendí que debería ser como otro cualquiera. Nací ese día, ¿y qué? He aprendido que cuanto menos esperemos de las cosas (por no señalar con dedo punzante), mejor nos irá todo. Creo que este pasado sábado, hubiese llamado quien hubiese llamado, habría esperado más, porque no había excusa para reunirnos, y era eso el pequeño pedacito restante que hacía que todo pareciera estar mal. Todos estamos desperdigados en un país de más de quinientos cinco mil kilómetros cuadrados trabajando en lo nuestro, y hemos de asumirlo, la mayoría, por no decir todos, vamos por caminos completamente distintos. Es ley de vida.

Por cierto, también es ley de vida y demostrado que las madres (la mía al menos es mi mayor aliada) nunca fallan. 

Esta era mi visión fatalista del todo, porque ya os he dicho que en alma verde todo cabe, y la mía está llena de románticos pesimistas, no importa de qué siglo. Que si Manrique, que si Ruskin, que si Schopenhauer, que si Friedrich... De vez en cuando se amotinan en mi contra y consiguen tener bastante influencia. El problema que tenemos cuando nos ponemos en modo nihilista es que no vemos más allá de lo que nos interesa, y en ese momento al cerebro lo único que le apetece ver es cómo todo está predestinado a hundirse en la mierda. Así. Sacamos el filtro oscuro y echamos al lado las cosas buenas, que también abundan. Yo tardé dos días en darme cuenta de eso, y dos días dan para mucho.

Puede que todo el que antes conocía ahora viva al menos a trescientos kilómetros de distancia, que a muchos nos haya sido imposible vernos la cara al menos una vez al año, tan imposible que hasta se les ha olvidado que el pasado sábado solíamos tener una excusa para reunirnos para comer galletas caseras, pero eso no significa que estoy sola ni mucho menos. Porque lo cierto es que, puede que me falte alguna que otra personita alrededor, pero no podía estar mejor acompañada. Así me lo han demostrado este cumpleaños. Un saludo a la universidad y su calendario, que no nos impide irnos de cañas si la dicha es buena.

Vuelvo a las personas detallistas, que por ahí van los tiros. Hoy día escasean, o al menos yo no me he topado con muchas. Sin embargo, cuando lo hago da gusto. Los detalles son pequeños, pero de enorme significado, cuesta mucho encontrarlos y nada compartirlos. Pero ahí estamos, escatimando, y eso (con perdón y sin él) me da por culo, porque parece ser que nos quejamos mucho de crisis económicas y no nos damos cuenta del enorme declive social que estamos causando. 

En los cumpleaños, supongo, toca ser detallista.

♥ Regalazo de mis compis ♥

Blitzkrieg, la guerra relámpago. Un enorme libro de tapa dura con cantidad de documentos originales pertenecientes a la segunda guerra mundial. Desde billetes pertenecientes a la época de inflación alemana tras la gran guerra, hasta diarios que cuentan la experiencia durante la evacuación de Dunkerque o las anotaciones de Churchill para su famoso discurso de julio de 1940. Resumiendo, una jodida pasada. Algo que jamás te comprarías, pero te quedarías horas mirando en un escaparate. Esto es ser detallista. No es cuestión de materializar las cosas, porque no va de eso, pero podría no haber sido este libro. Podría haber sido algo de maquillaje, una camiseta que no llegaría a ponerme nunca, algún accesorio barato. Sin embargo, este fue uno de los mejores regalos que me han hecho por mi cumpleaños (por no decir el que más, ea, dicho). Y veréis, no es solo un libro que habrá costado con casi completa seguridad un ojo de la cara; es un "te escucho cuando hablas", un "te conozco", un "me acuerdo de ti". En eso consisten los detalles.

En definitiva, un guantazo en la cara a tiempo para que me deje de pensar tonterías.

Hablando de detalles, ¿he dicho ya que soy su gran amante apasionada? Por eso tenía que añadir uno a mi cuerpo, algo que estuviera conmigo de por vida.

♥ Regalito de mi madre ♥

Y es que como el buen Joël Dicker, joven escritor suizo, dice: No debemos ser fatalistas, debemos escribir.
 
Vuelve a parecer que hace siglos que no escribo, pero a partir de ahora ya no tengo excusa, porque a partir de ahora lo llevo en la piel.

Salamanca, ciudad monumental

Como cada vez que me dispongo a comenzar una nueva entrada, ya llevo varios días retozando en mi cabeza en busca de algo interesante que contaros. Lo cierto es que nunca encuentro nada que merezca tanto la pena como para que se vea capaz de fascinaros o siquiera de atraer vuestra atención, pero sí que hay pedacitos de mi día a día que me gustaría compartir con un puñado de personas, por pocas que sean y por desconocidas que resulten, como por ejemplo, sitios que me gustaría que todo el mundo visitase, comidas que me gustaría que todos degustasen, detalles que desearía que todos apreciasen o sensaciones que nadie debería perderse. 

A pesar de mi falta de expectativas para este fin de semana, las circunstancias se las han apañado para mantener mi agenda saturada, y a pesar de poder dedicarle todo el tiempo del mundo, aún hay cosas que me faltan por hacer. Y es que con este tiempo casi veraniego no hay quien aguante dentro de casa, por lo que, armada con poco más que un libro y una gran playlist del mejor retro-swing, me salté mi queridísima siesta para adentrarme en la búsqueda de un buen sitio para leer.

Quizá no sea el sitio idílico para una tarea tan relajante, debido a su continuo bullicio y trasiego de turistas, pero la Plaza de Anaya me sigue resultando un enorme museo a pleno aire libre. No solo se trata de una fusión del estilo neoclásico del palacio con el gótico tardío de la catedral, simultáneamente enfrentados, sino de su enorme carácter cosmopolita y vivo. No importa cuanta gente atraviese la plaza, para mí sigue siendo un sitio en el que puedes tirarte horas simplemente mirando, sobre todo en esta época del año, en la que, si no te cruzas con una boda, lo haces con dos.

Después me pasé por la enigmática y concurrida Plaza Mayor, donde me topé con un curioso intruso. 


La obra de Barceló, junto con sus demás compañeras de colección, ya han despertado todo tipo de opiniones, pero sobre todo ha suscitado curiosidad, ya que no es para menos. Se trata de una de las piezas de una exhibición que se dará en distintos puntos de la ciudad, comenzando este próximo viernes con motivo de la celebración del VIII centenario de la Universidad de Salamanca. Aunque, he de decir que, a opinión personal, parece haber más interés propagandista de por medio que conmemorativo. No obstante, el elefante me resulta simpático e incluso entrañable, ya que solo hace falta agrandarle las orejas para que me recuerde a una de mis queridas películas Disney. No he tenido el placer de ver las demás esculturas, pero por lo visto no son tan adorables como esta.

Una de las visitas pendientes que tenía desde hace tiempo era el mercadillo de Salamanca. Sí, tal cual. Por eso me pegué el madrugón al día siguiente para no perdérmelo. Aquí lo llaman El Rastro, espero que sin intención de compararse con Madrid, y lo cierto es que la larga caminata (en localización también gana la capital) mereció más la pena de lo que pensaba. No era un pintoresco flea market inglés al estilo Portobello, ni siquiera tan interesante como el verdadero rastro, pero sí que dejaba bien lejos a todos los mercadillos que estoy acostumbrada a ver en mi humilde provincia. Evidentemente, fueron los puestos de antigüedades los que me cautivaron, teniéndome horas bajo el sol en busca de gangas. Y sí, siempre cae algo.

Ambas postales de la derecha son de uno de los puestos.
Aproveché para llevarme algunas postales que pudiera intercambiar con mis nuevos penpals, y la jugada me salió bastante buena, por lo que repetiré más de una vez mi visita. Además me di cuenta de que, si hubiera tenido casa que amueblar en ese momento, podría haber sustituido perfectamente a Ikea. Lo cierto es que no le falta de nada en cuanto a artículos viejos. Puedes encontrar desde relojes del siglo XIX hasta postales del mismo periodo, pasando por falsos Matisse, verdaderas obras de arte desconocidas que podrían hacerse pasar por un Picasso de la etapa protocubista e incluso un verdadero gramófono en perfecto estado.

Lo siguiente fue pasarme (una primera vez) por la feria del libro que se situaba, de nuevo, en la Plaza Mayor. Este año, el día del libro ha sido dedicado a Gabriel y Galán, cuyo retrato aparece en los marcapáginas que repartían con las compras. Un diseño que, necesariamente he de decirlo, no ha podido ser más acertado, ya que esa complementariedad de tinta y acuarelas da un resultado vistoso, pero sencillo y clásico. No me dio tiempo a pasear por todos los puestos, o más bien, no me dio la gana. Sin embargo, sí que me paré un buen rato a escuchar la actuación de una orquesta que se encontraba bajo uno de los arcos principales de la plaza. Culpo a los temazos de ABBA por llamar mi atención. ABBA en en un estilo instrumental, ahí estoy yo.


Por la tarde y ya acompañada, decidimos volver a la feria antes de que se acabase. ¡Peligro! Había conseguido salir de aquel embrollo con todo el dinero en mi bolsillo una vez, pero no habría una segunda. A ver, son libros, así que digamos que la causa está justificada. Al final compré un ejemplar de Ian Westwell, I Guerra Mundial, día a día. Era casi de esperar sobre qué iba a ir el libro casi incluso antes de cogerlo, pero es que no me puedo contener. No tengo remedio y no me avergüenzo de ello. Tan solo me costó 12€, y es una guía perfecta para aquellos que nos encanta la historia, pero un poco desde la distancia, ya que tiene un gran contenido en apoyo visual además de ser muy esquemático. Lo gracioso es que la compra fue en la misma librería que visito al menos una vez por semana, porque ya os he dicho que a veces no puedo aguantarme las ganas. Unos comen chocolate y otros nos rodeamos de cosas viejas y con cuanto más polvo mejor.


La librería-anticuario se llama Mundus Libri, y se la aconsejo a todo aquel fan ya sea de la literatura, la historia o las antigüedades en general que asome la cabeza por la ciudad del Tormes. Está situada en la Calle Compañía, número 43, y ahí he llegado a comprar postales de la misma ciudad de hasta los felices años veinte. Se trata de un sitio perfecto para buscadores de tesoros aficionados, ya que es necesario observar con atención y rebuscar, a veces incluso quitar capas de suciedad de entre el montón de revistas. Uno de mis objetos favoritos que aún está en mi lista de la compra es la revista Life de abril del 45, así que espero no haber dado el chivatazo a la gente equivocada, pero lo cierto es que me da hasta miedo preguntar el precio.

Así, terminé mi fin de semana con un buen helado a la italiana en pleno foco turístico. Y es que hay que hacerse poco a poco a las costumbres toscanas, porque en nada ya estamos pisando el mismo suelo que algunos grandes como Miguel Ángel, Brunelleschi o el mismo Dante Alighieri.


Al final, por muy pequeña que pueda parecer, Salamanca es una ciudad monumental sin nada que envidiarle a cualquier capital europea, sobre todo en esta época del año, en la que experimenta tal cambio que la hace estar aún más llena de vida. A estas alturas no dejo de pensar en que apenas quedan dos meses para que termine el curso, en que todo se ha pasado muy rápido y en lo mucho que voy a echar de menos esta nueva vida que apenas acabo de comenzar a saborear.

El arte de las trincheras

Uno de los defectos que tenemos los tauro es que podemos resultar verdaderamente testarudos cuando nos obsesionamos con algo. Últimamente, mi caso son las grandes guerras del siglo XX —bastante evidente—, y como mi zona de confort en realidad es el arte, he querido encontrar la relación entre ambas obcecaciones.

Cuando uno está a punto de terminar el bachillerato, se pregunta qué demonios va a estudiar, y una vez lo tiene decidido parece que el mundo está resuelto, pero no es así. Ya en la universidad, comienzas a pensar en las siguientes decisiónes que tendrás que tomar, como las especialidades de tu carrera. Para mí, tener que elegir un periodo de toda la Historia del Arte es como pedirle a una madre elegir su favorito de entre sus hijos; imposible. El otro día me encontré pensando en que si mi carrera fuera Historia a secas, tendría muy claro cual sería mi especialidad y en qué querría enfocar un Trabajo de Fin de Grado o incluso un Doctorado; ello sería sin pensarlo dos veces el siglo XX, en concreto su primera mitad. Pero, ¿y en cuanto al arte? Entonces uno de mis compis de piso consiguió abrirme los ojos con tan solo tres palabras: arte de trincheras.

Todo el mundo sabe (o debería) que el arte también fue una gran víctima de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero lo cierto es que las guerras también dieron paso a un gran número de artistas que conformaron una corriente propia, afín a los horrores bélicos. Este tipo de arte al que jamás se le da mención es el llamado arte de trincheras.


Soldados tallando casquillos de proyectil

Sin embargo, no está limitado tan solo a las guerras mundiales, ya que abarca todo un largo periodo comenzando desde las guerras napoleónicas hasta la actualidad. Aun así, su mayor "periodo de esplendor" no llega hasta la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918). Estos artistas eran tanto soldados como prisioneros de guerra o simples civiles, a quienes largas jornadas de espera, inseguridad y tensión, generaban un gran y enorme aburrimiento. Y es que poco se habla de ello, pero puede que el momento más duro de la vida en las trincheras fuera cuando cañones y fusiles caían en el silencio, cuando la única tarea era esperar una siguiente ofensiva. Por ello, los hombres buscaban cualquier distracción y entretenimiento para hacer pasar las horas. Unos fumaban cigarrillos, otros aprovechaban para coger el sueño, y de vez en cuando, creaban arte. De este modo, utilizaron todo tipo de artículos desechados a causa del conflicto armado, como por ejemplo casquillos de bala, para realizar sus pequeñas e insignificantes obras de arte. 



Pero algunos fueron incluso más allá de los simples cachivaches, tallando en las propias paredes de las trincheras, practicando la fundición casera o llenando postales para sus seres queridos de hermosas pinturas que describían su vida en el frente. Esta última idea la tuvo un soldado alemán llamado Otto Schubert, de tan solo veintitrés años, quien envíaba cartas a su amada Irma. Él prefirió contar su vida diaria dejando a un lado las palabras y realizando pequeñas pinturas. Éstas fueron posteriormente prohibidas durante la época nazi, siendo guardadas en una caja durante décadas hasta que una descendiente de la familia dio con ellas.

"Buenos cigarros, una carta, pero en el periódico no hay nada sobre la paz", dice Schubert en uno de los márgenes.

 



En la manera de hablar de hoy, llamaríamos a las postales el "Twitter" de la época.            — Parte del ensayo junto a la exposición de las postales en la Pepco Edison Place Gallery, Washington.

Tanto Schubert como el resto de hombres que vivieron la guerra y decidieron donar algo de su tiempo al arte, consiguieron humanizar el conflicto. Así, gracias a todos ellos hemos podido conservar en el tiempo una visión, no solo de los materiales de los que disponían, de su entorno y su gran imaginación combinada con el tiempo libre, sino de lo que para muchos significó la vida en las trincheras, y de ese modo, de sus sentimientos y emociones más profundos.


En tiempos de guerra, amar es traicionar

La semana pasada comencé a ver una serie de documentales sobre el mayor conflicto que jamás ha conocido el siglo XX, y quizá la historia entera: la Segunda Guerra Mundial. Lejos de sentirme culpable, poseo gran interés y atracción hacia dicha época, incluyendo los acontecimientos que tuvieron lugar entre esos años, al parecer, tan oscuros.

Uno de los documentales que más me gustaron —y de hecho, el más duro— fue Auschwitz, el cual se puede encontrar en Netflix. En una serie de seis episodios, tanto el narrador como los propios supervivientes al Holocausto, e incluso algunos de los agentes de las SS, nos cuentan cómo era la vida en el campo de concentración mientras se llevaba a cabo la Solución Final, como nunca antes lo habíamos escuchado.

Una de las historias que más me conmovió fue la de Helena Citronova, prisionera judía, quien tuvo una relación algo peculiar con un hombre de las SS, Franz Wunsch. Él, enamorado de Helena, salvó tanto su vida como la de su hermana, convirtiéndolas en supervivientes de uno de los mayores genocidios de la historia. Ella a cambio, testificó años más tarde a su favor en su juicio por crímenes de guerra. 

La búsqueda de más información acerca de este intrigante amor prohibido me llevó a un libro que contaba una aventura similar: El secreto de Stella, de Kate Breslin.

Alemania, 1944. Stella se siente abandonada por Dios cuando, tras salvarse de ser fusilada en Dachau, cae en manos de un nuevo enemigo: el coronel Aric von Schmidt. Él la obliga a ser su secretaria y la lleva al campo de concentración de Theresienstadt, donde tiene que participar en el envío de judíos a Auschwitz en los trenes de la muerte. Mientras enfrenta el horror que se esconde tras los muros del campo, entre ella y el coronel nace una atracción que no puede aceptar. Él es un nazi y además... no sabe quién es ella en realidad. Dependerá de su valentía que triunfen el amor, la felicidad y la libertad. Dios la llevó a Theresienstadt para cumplir una misión, pero ¿será capaz de llevarla a cabo?

La trama me captó en seguida, e intrigada por cómo demonios podían haber florecido tales sentimientos entre dos claros enemigos en un lugar como ese, comencé a leer. 

El libro es de fácil lectura, sobre todo si resultas ser una románticona empedernida, amante de los amores imposibles. Sin embargo, a pesar de los testimonios de Helena y Franz (cuya historia es totalmente distinta a la narrada por Breslin), no me resultó muy verosímil. ¿Gratificante? Sí. ¿Creíble? No del todo. La razón puede ser la facilidad con la que surge la chispa entre ambos personajes. Aric no tiene ni idea de quién es Stella en verdad, pero ella sabe perfectamente quién es él, de dónde viene y a qué se dedica. Aun así, no tarda mucho en enamorarse de él y pensar que es "diferente a los demás". Teniendo en cuenta que ese "demás" del que Aric forma también parte se refiere a los discípulos de Hitler, me cuesta creer que una joven judía soportase tales acercamientos por parte de un nazi, a pesar de que éstos la mantuvieran con vida.

A pesar de ese pequeño tropezón por parte de la escritora, no puedo hablar mal de la novela. Y es que aunque el mayor protagonista (que es el típico amor shakespeariano entre ambos jóvenes) no esté desarrollado como quizá debería, el resto de la trama hace del libro una obra equilibrada y al menos notable. Breslin toma el episodio veterotestamentario de la reina Ester y lo traslada a los años del tercer Reich, siendo en mi opinión su mayor mérito argumental. De esta manera, crea una fantástica heroína, lider de todas las víctimas judías, que librará una batalla que todos desearíamos dar por cierta.

Si somos capaces de no olvidar en ningún momento que se trata de ficción histórica, la obra resulta bastante satisfactoria. A mí no me robó más que un par de días y alguna que otra lagrimilla en el autobús de camino a casa, por lo que diría que merece la pena. A pesar de no ser una historia real, hablamos de un escenario real, hechos reales, víctimas reales, y pienso que nunca se sabe demasiado sobre ellos. No solo es una historia sobre amor clandestino, sino también sobre las ambigüedades de los bandos, los dilemas de la vida, la traición, el deber y el poder, la cabeza contra el corazón...

El secreto de Stella, además de demostrar que hasta el más fuerte puede llegar a sentir piedad por los más débiles, habla de lo que supone una gran lucha interior en tiempos de guerra.

Tres visitas obligatorias

La semana pasada no fue malgastada del todo. Gracias al merecido descanso meteorológico que tuvimos era la ocasión perfecta para realizar algunos puntos de mi wishlist universitaria. Taché tres en total, y ninguno me ha dejado indiferente, ya que tal y como yo me esperaba, han merecido mucho la pena. 

1. La Malhablada 

Cada vez que paseo por la calle Compañía el rótulo sobre la puerta llama mi atención, a pesar de hoy día carecer de su pintoresca pintura. Un pequeño edificio antiguo dedicado a los microteatros nocturnos, con un cartel a la entrada que te invita a subir a su terraza y disfrutar de las maravillosas vistas. De vez en cuando, sobre todo si estoy en gran compañía, nos acercamos a ver el tablón donde anuncian las obras en cartelera. Esta vez una llamó completamente mi atención, y no debéis de tener mucha cabeza para poder imaginar sobre qué iba esta obra.

El relojero, así se titulaba. La historia de tres soldados prisioneros en un calabozo nazi a los que se les presenta una terrible decisión: han de elegir a uno de ellos para ser fusilado, si no hay elección alguna, todos correrán la misma suerte. 

A tres míseros euros la entrada decidimos ir sin pensárnoslo dos veces. Subimos al ático y nos asomamos a aquellas vistas de las que tanto se hablaba. El paisaje nocturno no podía ser más idílico e inspirador.


Entonces vimos a un par de soldados de uniforme salir a la misma terraza en la que estábamos para fumar un cigarrillo. A pesar de que sabía que aún no estaban actuando, era como sentirse parte de la trama, como trasladarse a otra época. Normalmente tan solo acostumbro a ver a gente vestida así a través de una mera pantalla, pero aquello se sentía totalmente diferente.

Poco después sonó una campana, avisándonos de que ése era nuestro turno. Bajamos las estrechas escaleras y una mujer nos invitó a entrar a una sala bastante pequeña. El público era un grupo reducido de apenas media docena de personas, y eso lo hacía todo mucho más cercano. Estábamos a punto de ver una obra de teatro en nuestras mismísimas narices, y no una obra cualquiera en un típico escenario cualquiera. 

La pared frente a nosotros estaba hecha de cemento, y a la izquierda había una especie de despacho con cristales tintados. Dos soldados ya se encontraban encarcelados a nuestros pies, y de repente, mientras la música sonaba como banda sonora, un tercero era echado al calabozo a manos de un soldado alemán. Los pelos se me pusieron de punta.

Lo cierto es que nunca he sido gran fan del teatro, teniendo una notable predilección por el cine. Es comprensible que los escenarios en el teatro no pueden equivalerse a los del séptimo arte, por cuestiones obvias, pero además de eso (puede que porque nunca he asistido a una obra en condiciones) siempre me ha parecido un género mucho más sobreactuado, en el que los actores no pueden cometer errores y los nervios de vez en cuando son notables; cosas del directo.

Estaba equivocada. Tan solo duraba quince minutos, y se me hizo corta. La obra fue exquisita, los actores naturales, realistas, y la trama del todo interesante, dejándote pensativo hasta incluso ahora, una semana después. Además, debido a la cercanía con el público, pudimos tanto hablar como felicitar a los actores, cosa que no pasa ni en el cine ni en una obra teatral ordinaria.

Se ha acabado esa separación de escenario y butacas, entre actores y espectadores. En la Malhablada eres trasladado a la obra junto a los personajes.


2. La Alberca

Harta de buscar la nieve hasta debajo de las piedras, me olvidé de ella y decidí regalarnos un viaje a uno de los pueblecitos de la provincia de Salamanca más pintorescos. La Alberca, nombrado Monumento Histórico-Artístico en los años cuarenta, es otro traslado a otra época, esta vez la Edad Media, donde esta población tiene sus orígenes.  

Es destacable su iglesia, del siglo XVIII, curiosamente acabada el mismo año que la catedral de Salamanca. 

 
Visitada por Unamuno y otros muchos artistas a los que cautivó. Y es que no es extraño que así fuera, ya que a pesar de recorrerlo en poco más de un par de horas, resulta del todo acogedor y engatusante. 
 





Cabe decir que no esperaba encontrarme tantos anticuarios en los que poder rebuscar algún que otro capricho, y como consentida que soy, acabé trayendo algo a casa. 




3. La Scala Coeli

Lo bueno de la universidad, y a veces lo malo, es que tenemos un horario con bastantes horas libres. Normalmente tan solo las utilizamos para ir a comer o para jugar al trivial como verdaderos frikis de la historia y la cultura. Sin embargo, el pasado martes alguien tuvo la gran idea de poner nuestro culo en marcha y hacer alguna que otra visita a los mayores monumentos que tenemos a tan solo un tiro de piedra del sitio en el que estudiamos. Esta vez fuimos a visitar durante su horario gratuito la Scala Coeli de la clerecía de la Universidad Pontificia.



Las escaleras de caracol no son las mejores amigas de mi querido vértigo y tembleque, pero aun así, cargada de la mochila y el manual de Historia Moderna, hice un pequeño esfuerzo. Parecían no acabar nunca. 

Como casi siempre, el esfuerzo mereció la pena. Las escaleras daban acceso a ambas torres, recibiéndote con una esplendida vista panorámica de toda la ciudad. 


 
Es una de las mejores manifestaciones barrocas de toda Salamanca, y tal como su nombre indica, se trata de una escalera al cielo.

Grand battement, plié, passé y attitude

Después de un año entero librándome de la odiosa Educación Física llegué a la conclusión de que quizá el ejercicio no estaba tan de sobra. Aun contando con dos horas de sufrimiento a la semana, mi cuerpo no parecía estar por la labor: ni tonificaba ni adelgazaba (cosa que tampoco necesitaba), no ampliaba mis capacidades, seguía asfixiándome con tan solo un minuto a trote, y por si no fuera lo bastante horrible, sudaba. Todos mis compañeros adoraban esa asignatura, mientras yo prefería atarme una soga al cuello cada vez que me tocaba ponerme las deportivas. Un bicho raro y sedentario. No es que fuera vaga, sino que veía que torturar mi cuerpo durante horas no surgía ningún efecto. No notaba ningún cambio, por lo que lo veía inútil.

Dicen que más vale tarde que nunca, y que nunca es tarde si la dicha es buena. El caso es que a lo largo de todo este año de vacaciones antideportivas sí que he visto algo de cambio: carnes más fofas, agujetas sin apenas esfuerzo, me asfixiaba mucho antes... También dicen que año nuevo, vida nueva. Eso me llevó a pensar que quizá si que necesitaba tomarme en serio el hacer algo de ejercicio, que además me distraería de las clases y me apartaría de la pantalla del ordenador al menos un rato.

Es cierto que nunca he sido muy amiga de los gimnasios. Pagas todo el mes, te dan mil cosas para poder hacer, ninguna te llena y acabas sin ir a pesar de tenerlo frente al portal de tu casa. Yo quería algo distinto, no sabía el qué, pero no estaba dispuesta a volver a un gimnasio, esta vez no caería en la trampa.

Un día al salir de clase se nos acercó una chica que repartía folletos. Al vivir en una ciudad turística estoy más que acostumbrada a cogerlos, guardarlos en el bolsillo y tirarlos al llegar a casa; si ese día me siento amable como para siquiera cogerlo. La chica insistió, hablándonos de su trabajo: una escuela de baile y artes escénicas. En seguida mi moral se hundió, apenas unos milímetros, pero deseé no haberme sentido amable esa mañana. Bailar, algo que siempre había querido hacer pero nunca me había atrevido. Algo para lo que, completamente segura, era demasiado mayor. Sí, yo, con dieciocho años, mayor.

El caso es que me entró la curiosidad y miré la página web. Todo parecía tan idílico... Todo tipo de disciplinas en danza, teatro, instrumentos, profesores profesionales, un edificio entero para la escuela, salón de actos. Un sueño. "¿Dónde vas tú, criatura? Una escuela de baile..."

Entonces lo vi. Danza clásica... (Cuántas veces había deseado yo que mis padres me apuntasen desde pequeña a esas cosas) ...para adultos. Espera, ¿¡qué!? ¿Para adultos? ¿Danza clásica para gente sin un centímetro de flexibilidad, patosa y atrofiada? Creo que esa soy yo.

La escuela además se encontraba en jornada de puertas abiertas, por lo que me lancé de cabeza a enviarles un mensaje preguntándoles si podía probar una de sus clases. Tuve respuesta en menos de un cuarto de hora, así que todo parecía empujarme a ello. Ese mismo día estaba corriendo a la tienda más cercana para comprarme los leggings que no tenía desde hacía años, porque en unas horas tendría mi primera clase oficial de ballet.

Llegué a la escuela una hora antes.





He de decir que no fue tan perfecto como imaginaba. Me perdía una y otra vez, no entendía las terminologías, me notaba rígida, y mientras mis compañeros ya sabían seguir perfectamente la clase, yo miraba una y otra vez el reloj. Sin embargo, a pesar de sentirme más torpe de lo que esperaba, no fue ninguna decepción. Hacía años y años que soñaba con saber cómo era hacer ballet, con la enorme lástima de ser demasiado mayor para entrar en ese mundo, y por fin había probado una verdadera clase. 

Hoy día, dos meses y medio más tarde (lo que significa un gran mérito para mí), sigo yendo a clase de danza clásica. Y no solo he conseguido de retomar algo de ejercicio, sino que me he enamorado perdidamente de esta disciplina. Sí, yo, con dieciocho años, mayor. He descubierto que no es tan simple como parece desde fuera, que la vida sacrificada de las bailarinas de la que tanto se habla es cierta, que requiere no solo gran capacidad de coordinación, sino grán capacidad musical, el imprescindible amor por el arte.

Hoy día, tengo dos horas a la semana, como en la era de Educación Física, y practico el doble de ellas, intentando superarme cada día. Soy capaz de andar largas distancias sin cansancio, las agujetas ya no existen, he mejorado mi postura y ya percibo rasgos de esa tonificación que yo esperaba. Me siento más alegre, más realizada, más motivada. Ya no soy la patosa de la clase, conozco las terminologías e incluso no me hace falta mirar a los demás para no perderme en las coreografías.

Sí, querer es poder. No importa si piensas que tu flexibilidad está perdida, puedes trabajarla. No importa si no has bailado en tu vida, tiene que haber una primera vez. Más vale tarde que nunca, y no es solo por que lo digan. Constancia. Decisión y constancia, es lo único que se necesita para poder llegar a cualquier parte. 



A mí aún me queda gran camino por recorrer, o por bailar, según se mire, pero sigo conformándome con un simple demi pointe durante mucho más tiempo. Y es que no tengo prisa, quiero ir poco a poco, paso a paso, piqué a piqué. Me gusta lo que hago, tanto que cuando no tengo clase me paso las horas echándolo de menos. No puedo arrepentirme de haber empezado tan tarde con algo que me hace sentir tan bien, tan completa, ni siquiera me importa no haber empezado antes, ya no.
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